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sábado, 13 de agosto de 2011

Recordatorio REGRESO (XIV)


-¿Qué pasa Chris? –Esta vez, preferí hablar en voz alta.
-Nada. –Pero sus ojos no se posaron sobre los míos. Tenía el rostro levemente inclinado hacia arriba, como si quisiera ver algo del insulso cabezal de mi cama. Tomé sus gélidas mejillas entre mis manos y con delicadeza, pero con fuerza, le obligué a mirarme.
-No me mientas, por favor. Cuéntamelo. –Mi voz sonó más suave que nunca, más dulce, más cariñosa, más comprensiva, y eso le ablandó.
-He cometido un error. –Y mi corazón se detuvo durante una milésima de segundo cuando creí que se refería a su vuelta. ¿Eso era lo que había significado ese último beso, una despedida? Leyó la angustia en mis ojos y me tranquilizó. -¡Sh! Tranquila mi amor. No es eso. Yo…verás… -Le acaricié la mejilla. Sus brazos me envolvieron de nuevo en una fría prisión que me parecía un paraíso. –Kara, he matado. –Y enterró su adónico rostro entre mis cabellos escondiendo su culpa y su vergüenza, su angustia y su temor.
-¿Y temes que te juzgue por ello? –Le obligué a mirarme. -¿O temes creer que eres un monstruo? –Y le di un suave beso en los labios. –Ni haré lo primero, ni eres lo segundo. Cuéntame que ha pasado. Sea lo que sea no va a hacer que cambie ni lo que siento por ti, ni que te vea como lo que eres.
-¿Y qué soy? ¿Qué, aparte de un horrible ser que sega la vida de humanos? –El dolor se hizo más patente.
-¡Basta Chris! Deja de decir eso y cuéntame que pasó. –No me iba a hacer cambiar de opinión. –Por favor, dime qué ocurrió. –Supliqué. Me dio un tierno beso en la frente y me acarició las mejillas. Con sus preciosos ojos lapislázuli calvados en los míos me relató su viaje.
(...)
-No eran cinco hombres, Chris. Eran cinco asquerosos pederastas, violadores y asesinos. No deberías culparte por ello. –Rodeé su cuello con mis firmes brazos, pero él se liberó de mi amoroso y cálido abrazo y se puso en pie.
-No soy quién para decidir quién debe morir y quién debe vivir. –Se sentó en el alféizar de mi ventana, con la mirada perdida en el horizonte. Aquella frase ya la había oído antes, en boca de Helia, su padre adoptivo.
-Cierto, pero ellos tampoco tenían el derecho de hacer lo que iban a hacer. Así que no te culpes. –Me levanté y fui a su lado, abrazándome a su inmortal cintura.
-Kara…, yo…, me erigí en juez y jurado, dicté sentencia y la ejecuté. No soy quién para eso. –Sostuvo mi rostro entre sus manos y sus maravillosos ojos me suplicaron clemencia, cuando desde el principio se habían ganado mi perdón. Nunca le juzgaría y mucho menos le condenaría. Le amaba, por encima de todo. –Soy un monstruo.
-No, no lo eres. El monstruo hubiera matado a los ocho humanos. Tú, el ángel, salvaste a los tres inocentes de las garras de cinco monstruos. –Y me puse de puntillas, para poder llegar a sus carnosos labios. Él agachó la cabeza y me besó, dulcemente.
-¿No te doy asco? –Me preguntó, todavía con el temor a mi rechazo dibujado en sus azulinos ojos.
-No Chris. ¿Te lo daría yo? Porque, créeme si te digo, que hubiera actuado igual que tú.
-Tú jamás me darás asco. Eres,… eres tan maravillosa que ni  te atreves a juzgarme. Te amo. –Y sus perfectos y fríos labios me volvieron a cubrir de castos y tiernos besos. Pasó uno de sus robustos brazos por debajo de mis rodillas y otro por mi espalda. Me llevó en brazos de vuelta a la cama. Nos recostamos en ella, mientras sus labios no dejaban de besarme, inocentemente al principio, febril y apasionadamente después. Sus manos comenzaron a acariciar mi espalda y una de ellas descendió por mi cadera y mi muslo derecho, obligándome a entrelazar la pierna a la suya y a pegar mi pelvis a la suya. Comencé a jadear, tratando de llenar mis pulmones de aire, y me recordé a mí misma que no debía rodearle con mis piernas. Mi corazón se desbocó ante la posibilidad de que me concediera mi ansiado deseo de ser suya, y su nívea piel comenzó a arder. Me hizo rodar y caer sobre mi espalda. No recostó su peso sobre mí, sino que sus titánicas piernas lo hicieron. Me rodeó por la espalda, obligándome a arquearme y sentí sus labios sobre mi cuello. Gruñó y por poco me descontrolo, cuando sentí su mano ascender por mi espalda, por debajo de la camisa, llegando a la altura de mi sujetador.  Uno de sus letales colmillos rozó la piel de mi cuello. Su pecho bramó. Y de pronto me soltó. –Lo siento. –Dijo cerrando sus ojos, rojos como el fuego del averno.
-¿Sigues hambriento? –Pregunté cuando recobré el control de mi respiración y el normal latido de mi desquiciado corazón. Él había bajado de encima de mí y estaba tumbado a mi lado, con los ojos cerrados, y se pinzaba la nariz con dos de sus dedos tal y como había hecho el día que había llegado.
-No, no tengo hambre. Ni sed. Pero tu olor, tu aroma sigue siendo demasiado tentador para mí. Y si lo uno a tu sabor,…  -Suspiró. –Yo creí que si me alimentaba lo suficiente me sería más fácil estar junto a ti. –Abrió los ojos, azules de nuevo, y me los clavó en lo más profundo de mi alma. –Despiertas al hombre con más fuerza de lo que despiertas a la bestia.
-Lo siento. –Musité.
-¿Por qué? ¿Por socavar mi autocontrol? –Dijo mientras su mano se ponía bajo mi mentón y me obligaba a mirarle a los ojos. –Nunca te culpes por ello. Llegará el día que mi autocontrol sea lo suficientemente fuerte para darte lo que ambos deseamos. Pero de momento tendremos que esperar. –Y me volvió a rodear entre sus brazos, tirando de mí y haciéndome caer entre ellos.- Ven aquí. –Dijo, besándome delicadamente.- ¿Qué has estado haciendo en mi ausencia?
-Poca cosa, la verdad. –Dije ocultando mi rostro. Sentí cómo mi corazón se aceleraba y cómo me sudaban las manos. Levanté el muro de mi cabeza. No quería que tratara de meterse en ella sin mi permiso.
-¿Qué ocurre? –Me preguntó mientras me obligaba, nuevamente, a mirarle a los ojos.
-Nada. –Traté de apartar mi mirada, pero sus inmensos ojos lapislázuli ya me habían capturado, haciendo inútil cualquier intento de oposición por mi parte.
-Ahora la que miente eres tú. Dime qué ha ocurrido en mi ausencia. –Su aterciopelada voz me acarició los sentidos y su inmensa y devota mirada socavó mi resistencia.
-Hassan. –Musité. Y su pétreo pecho bramó con más fuerza que nunca. –Vas a despertar a Victoria. –Le recriminé. Sus preciosos ojos eran inmensamente rojos.
-El menor de tus problemas es que despierte a Victoria. –Su armónica voz, esa tan melodiosa que se había convertido en mi más especial melodía, había desaparecido. Ahora era espectral. La furia y la ira se habían hecho más que patentes en su rostro, dejando de ser por unos breves momentos angelical para tornarse demoníaco. –Prometiste portarte bien, Kara. ¿Qué pretendes, qué te maten o sacarme tanto de mis casillas que sea yo quien lo haga?
Estaba realmente furioso. Su voz seguía siendo espectral, sus ojos eran más rojos que nunca y sus colmillos refulgían tras sus carnosos labios cuales hermosas perlas asesinas. Sus letales uñas estaban afiladas. Era más demoníaco de lo que había sido jamás. Hubiera asustado a cualquiera, excepto a mí. Sabía de sobra que no me haría daño.

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