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domingo, 1 de junio de 2014

Vuelve la Saga El Ángel

Hola queridos ángeles ocultos:
Tras varias semanas de meditación y tras recibir innumerables mensajes a través de Facebook, Whatsapp y correo electrónico, he tomado la decisión de volver a poner a la venta La Saga El Ángel. Saga compuesta por tres libros, como sabéis. sus títulos son: EL Ángel de la Destrucción, La Llama del Ángel y Almas Gemelas.
Bien, os explico cómo podéis conseguir estos libros.
El primero, El Ángel de la Destrucción me lo podéis comprar a mí directamente y así os o lleváis firmado. Pero sólo quedan 60 ejemplares!!!!!!. EL precio es de 7€, para todo el territorio español!!! sí sí, habéis oído bien, 7€!!!!! Como para dejar pasar la oportunidad. Me lo podéis pedir a través de correo electrónico o por mensaje privado por Facebook. Os daré un número de cuenta para que hagáis el ingreso y se os mandará el libro por correos. Tarda entre 2 y 4 días, si es territorio peninsular. Si el envío es a las islas, tarda un pelín más, pero en una semana lo tenéis.
En cuanto a las continuaciones de la saga sólo se pueden pedir a través de bubok. Si pincháis en el título de cada libro, os manda al enlace directo. El precio aquí varía, puesto que podéis pedir el libro en formato papel o bien en PDF, que por supuesto resulta más económico.
Os dejo los títulos y los precios.
La Llama del Ángel: Precio en papel: 16€. Precio PDF: 3€
Almas Gemelas: Precio en papel: 15,50€. Precio PDF: 3€
Bueno ángeles ocultos, espero que os ilusione esta noticia. Pero para todos aquellos que no residen en España les diré que estoy maquetando los libros para poder subirlos a Amazon y que así lleguen a cualquier parte del mundo. Sólo os pido un poco de paciencia.
Espero que esto os alegre el domingo.
Gracias a todos por haber estado siempre ahí. Y recordad, sin vosotros yo no soy nadie.
Un beso, un abrazo y un mordisco!!!!

lunes, 6 de mayo de 2013

Retirada definitiva de librerías

Buenos días ángeles ocultos:
Como os dije, hoy voy a dar una importante noticia. Y me temo que no os va a gustar.
He tomado la difícil decisión de retirar los poco ejemplares que quedaban en las librerías de España.
Veréis, quedan muy poco libros a la venta, apenas unos 30, y poco a poco estos ejemplares se irán retirando de los puntos de venta que mucho conocéis.
Para empezar os informo de las librería en o que ya NO se puede conseguir mi libro:
Librería Azabaches (Villareal, Castellón)
Librería Arc Voltàic (Gavá, Barcelona)
Librería Amabar (Burgos)
Librería La Font (Gata)

Durante lo que queda de mes de Mayo, se irán retirando de los establecimientos que quedan en toda España.
La decisión, dura y difícil, es imprescindible en estos momentos, puesto que esos son los únicos ejemplares que quedan a la venta en todo el mundo. Tras la retirada de mis libros de la editorial digital en la que estaban, ahora toca quitar los que quedan en formato papel y en establecimientos físicos.
Sé que es una enorme faena la que os hago, pero es una decisión que tengo que tomar y que espero que entendáis.
Un beso, un abrazo y un mordisco.

Os iré informando de cuales son los establecimientos en los que se retiran. Esta semana se retiraran de los siguientes:
Librería Publics (Denia)
Librería ExLibris (Denia)
Librería La Mar (Denia)
Casa Sancho (Denia)
Librería Server (Pedreguer)
Librería Maite (Gata)
La retirada comienza desde hoy, así que no dejéis pasar esta ÚLTIMA OPORTUNIDAD, porque no sé volverá a poner a la venta este libro.
Todo aquel que tenga uno de estos libros, que lo conserve como oro en paño, porque si un día consigo lo que quiero, igual lo puede subastar en Ebay por una pasta!! Jajaja
Os quiero Ángeles Ocultos.

sábado, 24 de marzo de 2012

Saga El Ángel

    La Saga El Ángel es una apasionante historia de dos personas que se encuentran y que, por circunstancias de la vida, y sus complicadas situaciones consideran que no pueden estar juntos. Él, desaparece, dejando tras de sí, un sin fín de sentimientos difíciles de controlar. Tanto, que ella piensa incluso en su muerte.

   ¿Qué haces cuando el amor de tu vida se va? Así se encuentra Kara.

   Hasta ahí podemos pensar... otra historia de amor, como cualquier otra. Pero... ¿Y si esas dos personas fueran seres especiales? ¿Y si él fuese una criatura y ella hubiese sido creada para destruirlo?

   Así es la historia de Kara y de Chris. Una historia llena de pasión y dudas. Sentimientos perdidos y encontrados. Querer ser y hacer, y no saber como...

   No te pierdas esta apasionante trilogía. Una historia que enamora en el primer libro y que engancha en el segundo, dejándote anonadada en el tercero.

lunes, 13 de febrero de 2012

Últimos ejemplares

¡Madre mía! He estado contabilizando los libros que me quedan en casa y ¡SÓLO ME QUEDAN 20! ¡20 DE UNA TIRADA DE 500! No sé cómo agradeceros el apoyo incondicional que me habéis brindado. Se me han saltado hasta las lágrimas.
Así que siguiendo con la campaña que inicié, esos veinte ejemplares que me quedan en casa están a la venta por tan sólo 15€ (gastos de envío incluidos) para todas aquellas personas residentes en España (sólo territorio peninsular) por si los quieren adquirir.
Por otro lado, la hucha en la que voy metiendo el dinero para hacer la primera edición del segundo libro de la saga, La Llama del Ángel, se va llenando poco a poco, y las ventas de esos ÚLTIMOS 20 EJEMPLARES, se va integra a esa hucha.
Así que ya sabéis, NO DEJÉIS PASAR ESTA OPORTUNIDAD, porque ahora sí que se acaban (por supesto, en cuanto no me quede ni uno, haré una segunda edición remasterizada, jiji)
Gracias a todos los que habéis creído en mí y mi trabajo.
Un beso, un abrazo y un mordisco!!!!!
PD: Si alguien de fuera de España quiere El Ángel de la Destrucción, también está disponible en PDF. Dejadme vuestro comentario aquí y os diré cómo conseguirlo.

viernes, 30 de diciembre de 2011

El Ángel de la Destrucción Recordatorio del primer capítulo


Hoy empiezo esta andadura creando mi propio blog.
Desde aquí os iré dejado todo lo relacionado con mi saga, la Saga El Ángel, una saga fantástica y romática, donde el amor, la acción, el misterio, los seres fantásicos y el sexo tienen cabida.
Para empezar, os dejo el primer capítulo del primer libro, El ángel de la destrucción.
Un beso, un abrazo y un mordisco.

REENCUENTRO
Estaba sentada en el alféizar de mi dormitorio, observando, a través de los cristales de la ventana, cómo el cielo lloraba al compás de mi desgarrada alma y mi maltrecho corazón. Mis dedos seguían los acuosos surcos hechos por las gotas del exterior, cómo si siguieran una tortuosa carretera que conducía a mi destrucción. A aquellas gotas celestiales se les unieron mis saladas lágrimas de dolor, resbalando, frías y calladas, por mis pálidas mejillas. Aquel día era más oscuro que los anteriores, más frío, más inerte, más gélido y mortecino. Aquel día era mi trigésimo aniversario. Un leve suspiro, más parecido al último aliento de un moribundo que al gemido de una mujer de treinta años, se escapó de mis pulmones, y el hueco en el pecho, allá dónde se suponía que debía estar mi corazón, se hizo un poco más grande y el dolor se expandió, como una gigantesca ola, sacudiéndome. Me encogí levemente, acercando las rodillas a mi pecho, tratando, inútilmente, de no romperme un poco más. Recosté mi mejilla sobre las rodillas, y sollocé, mientas mis dedos seguían
recorriendo el álgido cristal. Fuera, un rayo cruzó el oscuro cielo iluminando momentáneamente la triste, oscura y tormentosa tarde. Durante una milésima de segundo vi mi rostro reflejado en la ventana. A la luz de aquel relámpago, mi faz parecía la de un fantasma, decrépito y marchito, níveo, casi transparente. Mis ambarinos ojos no brillaban como antaño lo hicieron, y mis largas pestañas caían sobre ellos, envolviéndolos aún más entre las sombras de una vida consumida por el dolor. El único color que mi rostro reflejaba era el de las profundas ojeras que cada día crecían más bajo mis desdichados ojos. Aquel morado tétrico era el único rasgo de vida que quedaba en mi semblante. Mi mano dejó de tocar el cristal para, involuntariamente, aferrarse a lo
único que me quedaba de él; a la única prueba tangible de su existencia. Mis finos dedos, gélidos como la muerte, acariciaron el precioso medallón que él me regaló, catorce años atrás. Era de plata, brillante como su hermosa sonrisa, labrado finamente, como su divino rostro angelical, y tenía un bello lapislázuli engastado en el centro; del mismo color que sus oceánicos ojos. Cerré los ojos durante unos segundos y rompí la promesa que me había hecho a mí misma. Catorce años atrás me había prohibido recordarle para tratar de mitigar el dolor, fracasando estrepitosamente incluso antes de realizar tal estúpida prohibición. Tras mis castigados párpados su adónico rostro vino a mí. Pude ver sus dorados cabellos, ondeando al sol como hermosos campos de trigo. Observé su nívea piel, como un hermoso glacial, sus carnosos labios que jamás probé, su perfecta nariz enmarcada justo en el centro de su sutil rostro y sus maravillosos ojos, azulinos como un océano en calma pero castigados por el dolor y el tormento.
A lo lejos, oí el sonido de un teléfono móvil. Llegaba a mí apagado, hueco y vacío, como lo hacían la mitad de los ecos de este mundo. Abrí los ojos dejando que su adónico rostro desapareciera, evaporándose como una cortina de humo y alargué la mano. Descolgué, sin tan siquiera mirar quién llamaba.
-Kara…oye soy yo.- Cogí aire, llenando al máximo mis pulmones, tratando de recobrar la compostura antes de hablar.
-Dime Victoria.- Me sequé las dolorosas lágrimas con la manga del pijama.
-Mira, sé que esto no te hace gracia, pero tu madre está histérica porque no llegas. Y tu prima está aquí y no la soporto más.- Arrugué ligeramente la frente. ¿Se suponía que debía estar en algún sitio con mi familia y mi amiga? No lo recordaba.- Imagino que ni te acuerdas, ¿verdad?- Victoria no esperó a que le respondiera.- Estamos en la cafetería de siempre, esperándote para celebrar tu cumpleaños. ¿Vas a venir, o le puedo decir a tu madre que me largo? De verdad que no soporto a la pija de tu prima.
-Dame quince minutos y estoy ahí.- Dije, mientras me ponía en pie y me dirigía al armario saliendo de mi doloroso letargo.
-Kara, de verdad, si no estás de humor…
-Victoria, quince minutos ¿vale? Sólo tengo que ponerme la máscara y voy. Entretén a mi madre. Seguro que se te ocurre alguna excusa.- Y colgué. Victoria me conocía muy bien, y sabía perfectamente a que me refería cuando le hablaba de ponerme la máscara. Escondía mi dolor y sufrimiento tras un antifaz de desdén e indiferencia hacía la vida. Era mi camuflaje, mi atrezo ante los demás: ante mi madre, mi familia y mis compañeros de trabajo. Ante todos, excepto ante Victoria. Ella era mi amiga, la hermana que la vida me había puesto delante, diez años atrás, para tratar de iluminar, débilmente, mi existencia. Ella era la única que me había visto caer, la única que sabía que yo no me levantaría por mí misma. Y también sólo ella sabía que no podía hacer nada por mí. Porque el único que me podía salvar era aquel que había jurado no regresar jamás.
Me puse unos vaqueros negros y una camisa del mismo color. De hecho, desde que él se había ido el único color de mis prendas de vestir era el negro. Llevaba un perpetuo luto por alguien que nunca moriría. Me calcé las botas y cogí mi gabardina de piel, último vestigio de una vida enterrada catorce años atrás. Me colgué el bolso en bandolera y salí, sin tan siquiera observar mi tétrica imagen en el precioso espejo de ebanistería que tenía en mi dormitorio.
El cielo seguía descargando con fuerza y pequeñas cataratas de agua caían desde los balcones y tejados hacia el suelo. Enormes charcos inundaban las calles y pequeños ríos corrían, caudalosos, por las calzadas. La cafetería estaba cerca del piso que compartía con Victoria, así que no me molesté en coger el coche y mucho menos el paraguas. Dejé que aquellas frías gotas cayeran sobre mi rostro haciendo que mi piel tomara la misma temperatura que mi gélida alma. A través del enorme ventanal de la cafetería, vi al pequeño grupo de gente que me esperaba. Estaban mi madre y mi prima, Victoria, dos compañeros del trabajo y el mejor amigo de mi madre, un psicólogo al que mamá me había llevado catorce años atrás para superar el dolor que me había provocado la marcha de mi padre. Aquel pobre hombre no consiguió ni una sola mejoría en mí, porque aunque tal insoportable dolor existía no era provocado por la ausencia de mi padre sino por la de él. Y de él no podía hablar. Porque si tratar de no recordarle sin olvidarle era doloroso, hablar de él era execrable. Nunca en catorce años pronuncié su nombre. Jamás nadie supo lo que realmente me ocurría. Simplemente todos creyeron que me dolía la pérdida de mi padre, cuando yo misma era quien le había echado de mi vida y de la de mi madre.
Abrí la puerta después de aspirar una fuerte bocanada de aire y para acabar de encajar mi disfraz alcé, suavemente, la comisura de mis labios perfilando una débil, fría y vacía sonrisa en mi decrépito rostro. Mi madre se giró en redondo y me sonrió con ganas, tratando de insuflarme su entusiasmo. Lentamente, arrastrando los pies, como si llevara dos bolas de reo encadenadas a mis tobillos, me acerqué. Se habían sentado en la alargada mesa del fondo ocupando cada uno una silla, dejando la que daba la espalda a la puerta libre para mí. Observé que mi prima Trizia se había sentado al lado de Victoria. Ahora entendía el desesperante tono de voz que había notado en nuestra escueta conversación. Mis tíos habían muerto cuando Trizia tenía cinco años y mi madre se convirtió en su tutora legal, ya que ella y mi tío eran hermanos. Mi prima tenía un año más que yo y era lo opuesto a mí. No era agraciada físicamente, aunque tampoco es que fuera fea. Sencillamente era una chica normal. Pero siempre tuvo celos de mí. Yo era más alta, más esbelta, más hermosa. Mi piel era más blanca, mis rojizos cabellos brillaban al sol como si estuvieran cubiertos por nimios rubíes. Mis ambarinos ojos siempre resplandecían, brillando cual sol veraniego. Era más inteligente, más rápida, más fuerte, sacaba mejores notas. Todo lo hacía mejor que Trizia. O al menos así fue hasta hacía catorce años. Porque desde mi dieciseisavo cumpleaños simplemente me había limitado a extinguirme, paulatinamente.
Mamá se acercó a mí y me dio un suave abrazo. La envolví dulcemente entre mis brazos y suspiré. Forcé un poco más la vacía sonrisa de mi decadente rostro.
-Creí que no ibas a venir, hija.- Me dijo, con una pequeña punzada de resentimiento en su voz.
-He ido a dar un paseo, mamá. Ya sabes cuánto me gusta pasear bajo la lluvia.- Otro relámpago cruzó el cielo, seguido de un trueno. Mi corazón se rompió un poco más.
-Hola Kara.- Dijo Victoria, que se encontraba detrás de mi madre. Me quité la gabardina y el bolso y los dejé sobre el respaldo de la silla que se suponía que debía ocupar.- ¿Me acompañas al baño? -Me dijo, dibujando en sus ojos esa expresión de complicidad que yo tan bien conocía.
-Ahora vuelvo, mamá. Voy a lavarme las manos.- Dije, mientras Victoria tiraba con fuerza de mi brazo.
El baño de señoras estaba en el fondo de la cafetería, cerca de la mesa en la que estábamos. Victoria me llevó hasta allí, medio a rastras medio a empujones, y cerró la puerta tras nosotras.
-Si tantas ganas tienes de deshacerte de mi prima, no es necesario que te quedes. Sé que es un poco insoportable.
-Tu queridísima –deformó la palabra de manera que pareciera soez -prima no tiene nada que ver en esto.- Me cogió por los hombros y me puso frente al espejo. Sobre aquella impoluta superficie se reflejó un rostro, un fantasmagórico semblante, mortecino y consumido. Estaba blanca, casi transparente, con unas enormes y moradas ojeras bajo mis ojos. Y mis cabellos empapados, pegados sobre mi cara, no ayudaban a mejorar mi aspecto. Pero lo más aterrador era la mirada, hueca y vacía, carente de vida alguna. Era mucho peor que el reflejo del cristal de mi ventana.- ¡Estás espantosa! -No le respondí. Era más que evidente que simplemente era la constatación de un hecho.- ¡Sécate el pelo ahí!- Me dijo, señalando el secador de manos. Metí la cabeza debajo de aquel aparato y dejé que el aire caliente me secara los cabellos. Victoria sacó de su bolso un corrector de ojeras, un poco de maquillaje suave y un brillo labial.- Ven, a ver qué puedo hacer con esto.- Dijo, al tiempo que volvía a tirar de mi brazo y me sentaba en una taza de váter. Extendió rápidamente el corrector por debajo de mis ojos. Victoria sabía que a mí no me gustaba el maquillaje, pero aquella tarde no iba a protestar.
-Gracias.- Musité.
-¿Por qué?- Dijo mientras guardaba el corrector y comenzaba a extender un poco de maquillaje por mi pálido rostro. Ella era así de directa, clara y concisa.
-Por entenderme.- La oí suspirar. Era su manera de protestar.- ¿Qué?
-Que no te entiendo, Kara. Te conozco desde hace diez años, eres mi mejor amiga, una hermana para mí, pero no entiendo qué te pasa. Hasta hace dos días, te limitabas a vivir, o a sobrevivir, día a día, pero te molestabas en hacer algo. Pero desde el viernes por la tarde, desde que fuimos a aquella playa, es como si te hubieran entrado unas ganas locas de morir. Permaneces inmóvil, inerte, esperando que la muerte te lleve. No has probado bocado en dos días, juraría que no has dormido nada, no has salido de tu dormitorio, y te has pasado horas y horas llorando desconsoladamente. No entiendo qué te pasa, pero no me gusta verte así.
-No puedes hacer nada, Victoria. No malgastes tu tiempo en mí.- Me estaba poniendo un poco de rímel.
-Sé que no puedo hacer nada. Principalmente por qué tú no me dices qué te ocurre. Pero aún así, no te pienso dejar caer.
-Ya caí Victoria. Y no me levantaré.
-¿Por qué, Kara? ¿Por qué te haces esto? Eres guapa, increíblemente hermosa, inteligente, tienes un tipazo y toda una vida por delante. ¿Por qué te empeñas en dejarte consumir por esa pena?
-Porque realmente no tengo vida. Me la arrebataron hace catorce años.- Me estaba acabando de poner el brillo labial.
-Cuéntamelo Kara. Tal vez te ayude.- Ella siempre tratando de levantarme.
-No, será peor.- Musité.
-¿Peor de lo que es guardártelo para ti?
-Sí, mucho peor.- Abrí los ojos y la miré, con aquella extinta mirada mía.- Recordar es insufrible.
-¿Y no olvidar?- Preguntó ella.
-Nefasto. ¿Has terminado?- No me apetecía seguir con aquella conversación.
-Sí. Por lo menos ahora no pareces un espectro.- Y guardó todos aquellos potingues en el bolso. Estudié mi rostro antes de salir. Victoria había hecho un buen trabajo. Mis ojeras no se notaban tanto y el leve color que había puesto en mis pálidas mejillas me daba un poco de luz. El brillo labial contribuía a alegrar un poco mi imagen. Pero con la mirada no pudo hacer nada. Mis ojos seguían vacíos, carentes de vida.- Vamos, antes de que entre tu madre o tu prima.- Y volvió a sacarme a empujones.
Lo cierto era que aquella cafetería era un lugar agradable para todos, excepto para mí, obviamente. La decoración era de esas modernistas, donde predominaban tres colores. El negro, como la oscuridad que me envolvía; el blanco, como la luz que se había extinguido dentro de mí y, el rojo, como sus infernales ojos. Sobre las paredes colgaban pequeñas fotografías de lugares del mundo. El Empire State Building de Nueva York, la Torre Eiffel de París, el Coliseo de Roma, El Big Ben de Londres, la Puerta de Brandeburgo de Berlín. Un pequeño viaje alrededor de un mundo que había dejado de girar para mí. Me senté en el lugar que me correspondía, de espaldas a la puerta. Sobre la mesa había canapés salados y refrescos. Me limité a tomar una limonada. No tenía hambre. Vi que Victoria entablaba conversación con Charles, un compañero de trabajo que era muy agradable. Era el asesor financiero de la empresa donde trabajábamos Victoria y yo. Yo era la amargada contable, que vivía en un mundo rodeado de aburridos números, y ella era la directora de marketing, jovial y risueña. Las caras opuestas de una moneda. Me alegré por ella. Por lo menos no se moriría de aburrimiento a mi lado, ni tendría que soportar a la pija de mi prima. Trizia hablaba sobre moda con el amigo de Charles y compañero de trabajo nuestro, Patrick. Sí, Charles era un encanto. Patrick era un imbécil redomado, y el tipo prefecto para Trizia. Creído, engreído, chulo y presuntuoso; lo que se denomina una auténtica joya.
-¿Me oyes, Kara?- Al parecer mamá había estado hablándome.
-Disculpa mamá. No te oía. ¿Decías?- Le dije mientras le daba un sorbo a la limonada.
-¿Qué por qué no comes nada?- La preocupación por mí era más que patente en su bonito rostro.
-No tengo hambre.- Respondí, contando la verdad, para variar.
-Kara, por favor…
-Mamá, de verdad, no tengo hambre.- Y le di otro trago al refresco.
-Sabes, cada año es lo mismo. Te pasas trescientos sesentaicuatro días al año moviéndote como un títere, empujada por unos y por otros. Pero cuando llega el día de tu cumpleaños, sencillamente es como si la muerte se apoderara de ti.- ¡Qué más quisiera yo!- Tienes que superarlo Kara. Tu padre decidió hacer su vida lejos de nosotras. Ya sé que estabas muy unida a él, pero…
-Mamá, déjalo. Esto no tiene nada que ver con él.- Jugueteé con el tapón de mi refresco entre mis dedos.
-¿Y, entonces Kara, con qué tiene que ver? Porque ni tan siquiera Phil te pudo ayudar.- El tono de su voz denotaba la inmensa preocupación que sentía por mí.
-Eso ya te lo dije yo hace catorce años, pero no quisiste escucharme.- Mi voz, sin embargo, no mostraba nada, como mi extinta mirada.
-¿Por qué no dejas que te ayudemos?- Comenzaba a reprocharme mi taciturno comportamiento.
-Porque ninguno me podéis ayudar mamá.- La miré a los ojos, desviando mi mirada de aquella pared rojo carmesí, que tanto me recordaba a sus demoníacos ojos.- ¿Te importa si dejamos el tema, por favor?- Vi como Phil tiraba suavemente del brazo de mi madre, señalándole que no me forzara más.
-Como quieras.- Y se lo agradecí, expandiendo un poco más mí vacía sonrisa.
Mamá comenzó a hablar con Phil sobre no sé qué, y yo me hundí un poco más en aquella silla. Mi pequeño grupo de invitados mantenían conversaciones entre ellos, mientras yo me dejaba arrastrar por la oscuridad y el vacío de mi soledad. Incliné levemente la cabeza sobre la mesa, y reprimí una delatora lágrima, que pretendía escapar de mis castigados ojos ambarinos. Inspiré una fuerte bocana de aire y alcé la cabeza. Me encontré con el sonriente rostro de Trizia. Le dedicaba una de sus seductoras sonrisas a Patrick, al tiempo que él se la devolvía complacido. Probablemente acabarían en la cama aquella noche. Victoria seguía hablando con Charles, sobre no sé qué. Por lo menos mi amiga parecía entretenida, ya que la conversación de ellos no estaba versada sobre trabajo. Y mi madre parecía compartir con Phil su preocupación por mí. Así que decidí calmarla un poco, y me comí un canapé. Creo que era de salmón, pero no lo recuerdo.
Y llegó el tedioso momento de la entrega de regalos. El primero fue el de Charles y Patrick. En cuanto lo vi supe que Victoria les había ayudado a elegirlo. Era un pequeño y sobrio maletín de piel muy apropiado para mi trabajo y muy acorde con mi personalidad, o sea, carente de vida. El de Trizia era como cabía esperar, frívolo. Me regaló un vestido de un material llamado modal, similar en tacto a la seda, y en aspecto al algodón. Era uno de esos trapitos que ella vendía en su boutique de moda. Por lo menos era negro, menos mal. Mi madre me regaló un pequeño cuadro, para que lo colgara en una de las desnudas paredes de mi dormitorio. El problema de aquel cuadro era su contenido. Era una hermosa fotografía de un atardecer, en el cual la ardiente bola solar reflejaba su rojizo destello sobre un mar en calma, confiriéndole a las aguas un aspecto de quieto océano en llamas. Y aquello me recordaba a sus ojos, castigados por los fuegos eternos del averno, satánicos y perversos, al tiempo que amorosos y devotos. Me vi obligada a reprimir otra acusadora lágrima. El último fue el de Victoria y, como siempre, no me defraudó. Me conocía mejor que mi madre, y por eso su regalo fue el más acertado. Me regaló aquello que me ayudaba a no olvidar, sin recordar. Un libro. Bueno, más que un libro me regaló el único libro que yo leía, una vez tras otra, incansablemente, desde hacia catorce años. Orgullo y Prejuicio. Un hermoso ejemplar de tapa dura, con letras doradas en la carátula, que me recordó, por unos efímeros instantes, a sus dorados cabellos.
-Gracias Victoria. Es un regalo estupendo.- Le dije sonriendo.
-Pensé que te gustaría. El tuyo está hecho una pena. Cualquier día se le caen las hojas.- Y me devolvió la sonrisa. La abracé suavemente. Ella era la única que aliviaba sutilmente mi insufrible dolor.
Al cabo de unos minutos apagaron las luces, y de la cocina de aquella cafetería, salió un camarero, con una tarta de cumpleaños y treinta velas encendidas. Mi familia y mis amigos entonaron a la vez el cumpleaños feliz. La vacía sonrisa se dibujó en mi rostro, nuevamente.
-Pide un deseo.- Gritó Trizia desde el otro lado de la mesa.
Morir. Pensé, y soplé las velas. Las apagué todas de un solo soplido. Según las supersticiones, si alguien apagaba todas las velas de una vez sus deseos se cumplían, y yo deseaba aquello, morir. Sólo había algo que yo ansiara más, pero aquello no se iba a cumplir jamás. A la extinción de las velas le siguió un sonoro aplauso. Yo seguía con aquella desoladora sonrisa en mi rostro. El camarero cortó la tarta en pedazos, repartiéndola entre nosotros. Ni tan siquiera miré el plato.
Otro rayo cruzó el lóbrego cielo y le siguió un estridente trueno. Una corriente de viento helado entró en la cafetería cuando alguien abrió la puerta e irrumpió en el local. Agradecí aquella ráfaga helada que se parecía tanto a la glacial temperatura de mi desgarrada alma. Pero a mi olfato llegó un peculiar aroma. Un aroma que había desaparecido de mi vida catorce años atrás. Supuse que me estaba volviendo loca y que mis sentidos se desquiciaban al mismo ritmo que lo hacía mi espíritu. Y entonces, todo cambió.
-Hola Kara.- Su voz sonó en mis oídos, llegando a mí clara y serena, como una hermosa sinfonía.
-¡No!- Jadeé. Mi mente no podía estar haciéndome aquello. Mi respiración se cortó y el vacío en mi pecho se hizo más y más grande. Creí estar desvariando.
-Kara, mírame. Soy yo. Estoy aquí.- Su peculiar y característico acento acarició mis sentidos, envolviéndome aun más entre las tinieblas. -Por favor Kara, mírame.- Me di cuenta de que me había puesto en pie, y miré a Victoria. Pero ella no me miraba a mí, sino a quién se suponía que estaba a mis espaldas y me hablaba con ternura. Cerré los ojos y me di la vuelta.- Mírame Kara. Soy yo, estoy aquí.- Seguía sin respirar, ahogándome lentamente en la agonía que era escuchar su voz. Me negué a abrir los ojos, porque si lo hacía y él no estaba, si simplemente era una jugarreta de mi desquiciada y castigada mente, no sobreviviría.- Mírame Kara, no soy un espejismo. Estoy aquí.
Aquello era la confirmación de su presencia. Había leído mi mente, así que lentamente, como si lo que fuera a ver me pudiera hacer más daño del que ya sentía, abrí los ojos. Y ante mí apareció él. En ningún momento mis recuerdos le hicieron justicia alguna a su inmortal y divina belleza. Igual que catorce años atrás, creí desfallecer al contemplarle. Alto, atlético, hermoso, divino, rivalizando en perfección y belleza con cualquier dios. Sus labios, sus carnosos labios se curvaron, dibujando una brillante sonrisa. Su piel seguía siendo nívea, como un sublime paraje helado y sus ojos seguían siendo azules, cuales océanos en calma, reflejando el dolor de su inmortal existencia.
-¡Chris!- Fue todo lo que alcancé a decir, con el poco aire que mis pulmones habían retenido. De pronto, mi corazón comenzó a latir nuevamente, alocadamente, expandiéndose por mi pecho, desterrando el vacío que se había instalado en él. El muro que había construido a mí alrededor se derrumbó, como un endeble castillo de naipes, y la luz de su presencia me eclipsó. La vida volvió a mí de golpe, como un gigantesco tsunami. Fue más de lo que pude soportar y, por primera vez en mi vida, me desmayé.
No sé cuánto tiempo permanecí inconsciente, pero empecé a recobrar mis sentidos, y lo primero que noté fue su sensual, dulce y varonil aroma. Después sentí como una pequeña corriente eléctrica fluía entre nosotros dos. Estaba entre sus hercúleos brazos, y me acunaba dulcemente contra su marmóreo pecho. Me había cogido en brazos antes de que yo cayera al suelo y se había sentado, conmigo sobre su regazo, en una silla.
-Kara, ¿me oyes? Despierta. Abre los ojos.- Y su voz volvió a sonar como una hermosa sinfonía compuesta especialmente para mí. Pero me regodeé entre sus brazos, sin abrir los ojos. Me limité a sentir su frío y su aroma.- Kara, por favor, abre los ojos,… amor mío.- Aquellas dos últimas palabras las musitó a mi oído, dejando que su dulce aliento acariciara mi cuello, mientras su pétreo pecho gruñía. Y obedecí. Lentamente abrí los ojos y pude ver que esta vez, mi mente, no me estaba jugando ninguna mala pasada. Realmente estaba entre sus titánicos brazos, como siempre había deseado. Vi que llevaba puesto un ajustado suéter negro, que marcaba cada uno de los músculos de su recio pecho, y sobre él una cazadora de piel, del mismo color. Aquello le confería a su nívea piel una mayor hermosura, y hacía que su rostro fuera aun más bello, llegando a extenuarme. Sus oceánicos ojos se posaron sobre los míos, brillando como dos relucientes zafiros pero con una sombra de dolor empañándolos. Eran sus ojos, los únicos capaces de hacerme vibrar con una simple mirada.- ¿Estás mejor?- Lo preguntó por cortesía, por qué él era capaz de escuchar el frenético latido de mi corazón acompañado por mi entrecortada respiración. No pude articular palabra, ya que éstas se habían ahogado entre el placer que resultaba tener su adónico rostro frente a mí. Asentí.- Entonces es mejor que te levantes y me presentes. Me miran inquisitoriamente y ya sabes que eso me pone nervioso.- Y su marmóreo pecho volvió a rugir.
-Creí que no podías con esto.- Conseguí decir. Él sabía a qué me refería.
-Luego te lo explico.- Y noté como sus fuertes dedos acariciaban mis cabellos con sutil delicadeza. El gruñido de su pecho sonó con más fuerza, fantasmagórico y tétrico, pero sólo yo lo oí.
-¿Necesitas espacio?- Le pregunté, cuando me di cuenta de que no respiraba. Chris asintió, y uno de sus sedosos mechones cayó sobre sus ojos. Vi que se habían tornado rojos, como las llamas del averno.- Lo siento.- Musité, al tiempo que me ponía en pie. Y su reacción me pilló por sorpresa.
Me había levantado de su regazo y estaba de espaldas a él cuando me asió por una de mis muñecas y, con dulzura, me obligó a darme la vuelta sobre mis talones. Me observó durante una milésima de segundo, tiempo en el cual sus ojos pasaron del azul más intenso al rojo más infernal y viceversa. Su fuerte y letal mano izquierda se alzó, mansamente, para acariciar mi rostro. Se detuvo justo bajo mi oreja, y su pulgar acarició mi mandíbula. Acercó sus labios a mí y depositó un leve beso en mi frente, mientras apretaba los ojos y fruncía el ceño con fuerza. Nuestro primer beso. No respiró hasta que no separó sus carnosos labios de mi rostro, y en todo momento oí el espectral gruñido en el fondo de su diamantino pecho.- Nunca me pidas disculpas. Recuerda que no eres culpable de nada.- Me musitó. A continuación, su mano dejó de acariciar mi semblante, cayendo bruscamente sobre su costado.- Preséntame.- Me ordenó.
-Esta es mi madre, Morraine, mi prima Trizia, mi mejor amiga, Victoria, unos compañeros del trabajo, Charles y Patrick y un amigo de la familia, Phil.- Dije señalando a cada uno de los presentes.- Este es Chris.- Y me perdí en sus preciosos ojos lapislázuli.
-Es un placer conocerles.- Respondió caballerosamente con sus refinados modales, adquiridos a lo largo de los siglos. Luego me miró fijamente y vio aquello que Victoria había tratado de ocultar con el ligero maquillaje. Vio mi decrépita faz, más parecida a la de un muerto que a la de un vivo.- ¿Cuánto hace que no comes como es debido?- Me interrogó. Alcé los hombros en señal de desconocimiento.- ¿Y que no duermes lo suficiente?- Esta vez me instó a responder con algo más que con un levantamiento de hombros.
-¿Tan mal aspecto tengo?- Respondí, agachando la cabeza mientras mis mejillas se ruborizaban ligeramente. Su nervuda mano me asió el mentón y delicadamente me obligó a mirarle a los ojos.
-Estás igual de hermosa que siempre.- Y creí desfallecer al ver como en el fondo de sus azulinos ojos un par de llamas infernales centellaban ansiosas por salir. Con la otra mano apartó la silla dónde con anterioridad me había sentado.- Siéntate.- Me volvió a ordenar. Y aquella vez yo no fui la única que obedeció. Todos los demás me imitaron. Chris permaneció de pie y se acercó al centro de la mesa.- ¿Si me disculpan?- Les dijo a Victoria y a Charles. Cogió un plato vacío y puso un par de emparedados en él. Tomó un refresco de limón y volvió a mi lado. Dejó todo aquello delante de mí y alcanzó una silla de la mesa del lado. Se sentó junto a mí.- Come.- Me ordenó, sin quitarse la cazadora.
-No tengo hambre.- Y era más cierto de lo que jamás había sido. Cientos de millones de ajetreadas mariposas revoloteaban en mi estómago. Aparté velozmente el plato.
-Catorce años después y sigues igual de cabezota.- Me replicó, al tiempo que ponía los ojos en blanco. Volvió a poner el plato ante mí y clavó sus hipnotizadores ojos en mí.- Compláceme. Preferiría no obligarte.- Musitó aquellas últimas palabras, tan bajo, que sólo yo le oí.
Obedecí, mientras me limitaba a observar su magnífico rostro. Cogí uno de los emparedados y di un enorme bocado. Lo mastiqué rápidamente y lo engullí, sin quitar los ojos de su adónico rostro.- ¿Satisfecho?- Le pregunté.
-Lo estaré cuando te lo termines. Come.- Volvió a ordenarme, conocedor de que en cualquier momento apartaría el plato de delante de mí y dejaría de masticar. Seguí acatando sus órdenes y le di otro bocado al emparedado. Vi como Chris miraba de reojo a Trizia, que estaba en la otra punta de la mesa. Cerró los ojos fuertemente, mientras sacudía ligeramente la cabeza. Probablemente mi prima había tenido algún lascivo pensamiento sobre Chris y él lo había escuchado. Luego miró a mi madre, y en su rostro vio reflejado el asombro de no saber quién era él. Me terminé los dos emparedados y me bebí el refresco.
-¿Y ahora, estás satisfecho?- Le pregunté, obligándolo a fijar su atención en mí.
-Sí. Me doy por satisfecho.- Y sus azulinos ojos se clavaron en lo más profundo de mi alma. Seguía sin estar segura de no estar soñando, pero si aquello no era una simple fantasía provocada por mi perturbada mente, la iba a aprovechar al máximo. Me fijé en que tenía una de sus manos sobre la mesa, cerca de la mía, y alargué los dedos, tentada a rozar su aterciopelada piel. Una espacie de corriente comenzó a fluir entre nosotros. Mi calor contra su frío. Pero me detuve en el último segundo, en el último milímetro. Sabía cuan doloroso era para él el natural roce de mi piel. Súbitamente Chris miró a Victoria y en su rostro se reflejó la más absoluta de las consternaciones. Aquello sólo podía significar una cosa. Mi amiga había reflejado en su mente mi desgraciado dolor, y él lo había escuchado. Temí, no sin falta de razón, que aquello significara el fin de mi ensueño.
-Creo que es mejor que me vaya.- Dijo mientras se ponía en pie, con uno de sus elegantes movimientos.
-¡No!- Musité, al tiempo que le así de un brazo y me ponía en pie. Mamá nos miró perpleja, y los demás confundidos por su repentina necesidad de salir de allí.
-Kara, es lo mejor. Te veo mañana.- Y se dio la vuelta, dirigiéndose con paso enérgico hacia la puerta. Ni me lo pensé, le seguí y me aferré a su brazo.
-¡NO!- Grité esta vez. Y mi dolor y mi aroma le sacudieron con fuerza. Giró sobre sus talones, y vi como sus ojos, rojos como el fuego del averno, se clavaban en mí. El espectral gruñido de su pecho sonó ferozmente, y aquella vez no sólo fue audible para mí. Liberó su brazo de mi sujeción, y con uno de sus rápidos movimientos, me agarró por una de las muñecas. Tiró suave pero firmemente de mí, y me hizo caer entre sus hercúleos brazos, mientras sus ojos seguían refulgiendo, infernalmente, y su pecho bramaba terroríficamente. Me quedé inmóvil, impávida, a pesar de que yo sabía lo que significaba aquel rugido y aquel diabólico fulgor. Parecía una muñeca de trapo, con mis brazos inertes a mis costados, mi espalda ligeramente arqueada, y mis ojos fijos en los suyos. Otro rayo cruzó la negra noche, confiriéndole a sus cabellos un hermoso matiz plateado. Inesperadamente me tomó entre sus titánicos brazos, y salimos a la tormentosa y lluviosa tarde.

martes, 25 de octubre de 2011

La Saga el Ángel en Argentina

A toda esa gente que a pesar de la distancia me ha estado apoyando desde el otro lado del charco, os informo que la Saga el Ángel se puede conseguir a través del siguiente enlace http://www.bubok.com.ar/libros/192331/El-Angel-de-la-Destruccion
Ahí podréis comprar el primer libro y podréis buscar los otros dos libros que componen la saga (La llama del ángel y Almas gemelas)
De momento es la única forma que tengo para hacéroslo llegar, pero podéis comprar el libro en formato papel o PDF.
Espero que os guste.
Un beso, un abrazo y un mordisco!!!!!

lunes, 17 de octubre de 2011

Cartel promocional de la Saga el Ángel

Este es el cartel promocional de la Saga el Ángel. Todo aquel que quiera puede "cogerlo" de este blog y pegarlo donde quiera. con dicho cartel se va a hacer la campaña de Navidad que estoy montando. Un beso, un abrazo y un mordisco. Y gracias por vuestro inestimable apoyo!!!!!!!!!!!!!

martes, 27 de septiembre de 2011

Opinión sobre El Ángel de la Destrucción

Hoy quiero dejaros la reseña que ha hecho un amigo sobre mi libro. Una reseña que me ha dejado sin palabras. Si queréis leerla sólo tenéis que pinchar sobre la entrada y os enlazará con su blog.
De corazón, Miguel, Gracias!!!!!

jueves, 8 de septiembre de 2011

Primer aniversario.

hoy hace un año que El Ángel de la Destrucción vio la luz. ¡Un año! ¡Guau! cómo pasa el tiempo.
Tras la decepción de ver que, en este país las editoriales no "se mojan" sino tienes un padrino, y con el incondicional apoyo de mi marido y mis amigos, decidí lanzarme a la aventura de auto publicar mi primera novela.
Hoy, un año después, y con poco más de 400 ejemplares vendidos, sólo me queda arrodillarme ante vosotros y deciros, ¡Gracias!
Gracias por creer en esta historia de amor.
Gracias por darle una oportunidad.
Gracias por vuestras críticas, por vuestro apoyo en momentos duros y por la amistad que muchos de vosotros me habéis brindado.
Gracias, gracias y más gracias.
Nunca tendrá palabras suficientes para agradeceros todo lo que me habéis hecho sentir. Me habéis hecho llorar, crecer como escritora, mejorar como persona, reír, soñar, volar y un una montaña de sensaciones. en muchos de vosotros, he encontrado un amigo, a pesar de la distancia.
Gracias a todas esas librerías a las que he llamado a su puerta, con un maletín cargado de sueños e ilusiones y que siempre me han recibido con los brazos abiertos.
Gracias a mi marido, por su paciencia, su dedicación y su amor por mí y por lo que hago. Ya sabes que tu amor me hace inmortal.
Gracias a mi familia. A los que están aquí apoyándome y a los que se fueron. Papá, abuela, tío, sé que me seguís apoyando a pesar de no estar a mi lado.
Gracias a mis amigos, a los de toda la vida. A Patri, Mabel, Sonia, Eli, Ali, César. me alegra ver que a pesar de los años, seguís estando ahí.
Gracias a toda esa maravillosa gente que he conocido y que me ha brindado su amistad. A mis Ocultos. os debo mucho chic@s.
A mis nuev@s amigos. Merche, Celia, Sole, Zaida, TAmara, Eva, Lorena, Marisa, Ana Mª, Dianna, Yuliis, Cristina, Raquel, Miguel, Encarna, Milagros, Yaiza, Lena, etc. Sois tantos que no cabemos tod@s.
Y así, de rodillas, con lágrimas en los ojos y el corazón lleno de amor por vosotros, sólo me resta deciros, nuevamente, GRACIAS!!!
Un beso, un abrazo y un mordisco!!!!!

miércoles, 17 de agosto de 2011

Recordatorio Espía (Ultimo capítulo)

ESPÍA
Aquella tarde de lunes fui con Victoria y mi madre a buscar las telas para confeccionar el vestido que quería, el mismo que había llevado puesto en la visión de Chris y mía. Ese era mi regalo para él. Verme vestida conforme él quería, ¿porqué que otra cosa le puedes regalar a un hombre que lo tiene todo? Había hecho un boceto de cómo quería que fuera el vestido, y Trizia se ofreció a que una de sus modistas me lo confeccionara. Me sorprendió ese ofrecimiento por su parte, pero lo acepté. Según Chris, ella simplemente había estado celosa de mí, pero poco a poco sus sentimientos cambiaban. Obviamente, jamás seriamos las mejores amigas del mundo, pero tal vez nuestra relación no fuera tan tensa como lo era.
Mamá nos invitó a cenar en casa, pero Victoria no aceptó. Ya había quedado con Charles. Le volví a insistir con eso de que si entre ellos dos había algo más, y ella lo volvió a negar. Sólo sentía que tenía que ayudar a Charles, y que simplemente eran amigos. Nada más.
Yo sí acepté la invitación a cenar en casa de mamá, y me sorprendí al ver a Helia allí. Iba a cenar con nosotras.
Mi vida se iba componiendo como un inmenso puzle, donde cada una de las piezas encajaba a la perfección con las demás. 

martes, 16 de agosto de 2011

Recordatorio Petición (XVII)

PETICIÓN
Las siguientes tres semanas fueron las mejores de mi vida. Drake y Keinan seguían en el anonimato, pero cumpliendo con su cometido de guardaespaldas de Victoria. A ellos dos se les unió Andros y Olimpia. Él se alegró de verme, ella no tanto. Yo sabía que mi olor no era solo delicioso para Chris, puede que para él fuera más especial que para los demás, al fin y al cabo me había creado para eliminarlo, pero yo le resultaba apetitosa a la mayoría de los inmortales.
Los hermanos de Chris no me preocupaban, llevaban muchos años de abstinencia en el caso de Keinan y Andros, y Drake jamás había matado. Tenía el suficiente autocontrol como para no haberlo hecho nunca; desde el momento en que Helia lo transformó simplemente se alimentó de sangre de animales y de luces errantes.

lunes, 15 de agosto de 2011

Recordatorio Familia (XVI)

FAMILIA
Victoria no había llegado a casa, todavía, y Chris se ofreció caballerosamente a prepararme la cena, en cuanto vio que yo simplemente iba a comerme una mísera ensalada.
-No sé qué voy a hacer con tu manía de dejar de comer, Kara. –Dijo mientras me preparaba un revuelto y una ensalada. Yo permanecía sentada en la silla de la cocina, maravillada ante aquel inmortal hombre preocupado por mi alimentación, cuando lo más peligroso que existía en el mundo para mí era permanecer cerca de él.
-¿Eres consciente de que esto es, cuanto menos, cómico? –Repuse repantigándome en la silla.
-¿Por qué? –Dijo mientras me miraba por encima del hombro.
-Bueno, porque tú, alguien que no come, y que lo que más le apetece comer es a mí, me estás preparando la cena. –Y me levanté y le rodeé por la cintura, besando su escultural espalda. –Me encanta que te preocupes por mí. –Y recosté mi mejilla sobre su fría espalda.

domingo, 14 de agosto de 2011

Recordatorio Helia (XV)

HELIA
-Buenos días. –Me susurró su aterciopelada voz, acariciando mis desquiciados sentidos, aún frenéticos tras aquel beso.
-Mmm… -Me aferré con más fuerza a su cuello. –Sí que son buenos, sí. -Me hice la remolona entre la fría y confortable prisión de sus brazos. Se rió de mi respuesta.
-¿Esto te encanta, verdad? –Sus manos continuaron acariciándome el rostro, mientras sus inmensos y oceánicos ojos hacían lo propio con mi alma.
-¿El qué? ¿Dormir contigo? –Asintió. –Pues sí, la verdad. –Reconocí entrelazando mis piernas a las suyas. –Aunque más que dormir, lo que me encanta es que estés junto a mí. –Me hizo rodar sobre mi espalda y se tumbó sobre mí.
-¿Aunque te juegues la vida a cada segundo? –Sentí como una de sus frías manos se resbalaba por mi espalda, por debajo del suéter del pijama. Me estremecí de placer.
-No me juego nada, sencillamente porque no tengo nada sin ti. Así que deja de decir tonterias, ¿quieres? –Mi corazón se aceleró un poco más cuando su mano dejó de acariciar mi espalda para recorrer la tersa piel de mi cintura. Traté de despejar mi mente, porque en cualquier momento me iba a dejar llevar. -¿Qué hora es?
-La seis y media. –Dijo, dejando que su dulce aliento me cosquilleara la base de mi garganta. Me besó en el arco de la misma, donde mi efluvio se concentraba con mayor fuerza. Aspiró una enorme bocanada de aire y su pecho gruñó levemente. –Apenas has dormido cuatro horas. ¿Quieres descansar un poco más? –Dijo clavándome sus inmensos ojos azules.
-No. –Rodeé su alabastrino cuello con mis brazos. –Prefiero estar despierta, la verdad. –Mis piernas se entrelazaron a su inmortal cintura. Rodó sobre sí mismo y me hizo caer sobre su inquebrantable pecho. Jadeé al ver refulgir las infernales llamas en lo más profundo de sus preciosos ojos.
-¿Qué voy a hacer contigo? –Pensó en voz alta.
-Lo que quieras. –Respondí. Sus gélidas manos, ardientes en ese momento, sostuvieron mi rostro con delicadeza y me besó febril y apasionadamente. Sentí cómo su aliento me ardía en la garganta, cómo me abrasaba los pulmones, y cómo mi sangre hervía. La cabeza comenzó a darme vueltas. Al final iba a tener razón él y cualquier día se me olvidaba hasta respirar. Cuando sus labios dejaron de besarme, abrí los ojos y me encontré con dos pedazos de océanos congelados contemplándome con devoción infinita.
-Cualquier día te da un ataque. Deberías de hacer algo con tu corazón. –Dijo poniendo su oreja sobre mi pecho, allá donde mi órgano vital latía enfermizamente.
-Imposible mientras insistas en besarme de esa forma. –Musité. Chris había cerrados los ojos y se limitaba a escuchar mis frenéticos latidos, como si fueran los acordes de una hermosa melodía, compuesta únicamente para él.
-Dijiste que podía hacerlo, ¿recuerdas? –Su aterciopelada voz me desquiciaba los sentidos, haciendo que cayera rendida a sus pies por enésima vez.
-Lo sé. Pero no pretendas que controle algo que sólo tú eres capaz de desquiciar de esa manera. –Y acaricié su bello rostro angelical. Me obligó a bajar de encima de él. Se recostó sobre su costado derecho, mientras que clavaba el codo sobre la almohada y recostaba la cabeza sobre su mano. Las tersas yemas de los dedos de su mano izquierda recorrieron mi rostro, memorizándolo una y otra vez.
-Simplemente estoy comprobando hasta dónde podemos llegar. A veces creo que es más probable que te mueras de un ataque al corazón antes de que yo te pueda matar. –Al reconocer el hecho de que él me podía herir, una sombra de dolor recorrió su prefecto rostro.
-Lo primero seguro que ocurriría, lo segundo jamás pasará. –Afirmé categóricamente. Sonrió de nuevo, sin sombra alguna de sufrimiento en su extenuante bello rostro.
-¿Puedo preguntarte algo? –Asentí. Imité su gesto y me dediqué a memorizar su semblante con mis manos. -¿Por qué me llamaste ángel anoche?
-Porque eres mi ángel. Mi particular, bello, hermoso, amado y perfecto ángel de la destrucción. –Acerqué mis labios a los suyos y dejé que fuera él quién impusiera la intensidad a ese beso.
-¿Ángel de la destrucción? No se me había ocurrido verme como tal. –Dijo separando apenas unos milímetros sus labios de los míos.
-No es en el sentido en el que estás pensando. No me refiero a que seas una especie de jinete del apocalipsis o algo parecido. Eres mi ángel de la destrucción porque sólo tú fuiste capaz de derrumbar el muro que construyeron a mí alrededor, quitándome la venda de los ojos y haciéndome ver que ellos no tenían razón. Tú destruiste los muros de la enorme mentira en la que se basaba mi vida. Derrotaste a la muerte y me diste la vida. Porque tú eres mi ángel. –Y estreché mi cuerpo al suyo.
-Una manera muy peculiar de verme. –Sus hermosos ojos continuaban acariciándome el alma.
-Es la única. Tú eres el puerto de destino al que conduce el barco de mi vida. Sin ti, simplemente estoy perdida. –Y esperé, durante una brevísima milésima de segundo, su respuesta.
-Entonces ven aquí, porque has llegado a puerto. –Y tiró de mí dulcemente, haciéndome caer entre sus brazos. -Te amo. –Musitó, antes de fundir sus labios con los míos, deseosos de probar su miel. Me rodeó con ternura y permanecimos un rato quietos, yo respirando tranquilamente, llenándome los pulmones de su dulce y varonil aroma, y él escuchando el frenético latido de mi humano y enamorado corazón. -¿Podrás estar unas tres horas tranquilita, sin meterte en líos? –Una leve nota de sarcasmo se reflejaba en su voz.
-¿A qué viene esa pregunta? –Levanté la cabeza para poder volver a contemplar sus preciosos ojos azules.
-Helia aterriza en un par horas en el aeropuerto de la capital. Voy a ir a recogerlo. ¿Prometes portarte bien? –Dijo sosteniendo mi rostro entre sus frías manos de hielo.
-Me porté bien. Fue él quien no te obedeció. –Alegué en mi defensa.
-Kara… -Bufó.
-De acuerdo, no me meteré en líos. Si a alguien se le ocurre aparecer, te llamo, ¿satisfecho? –Protesté. Siempre tan quisquilloso.
-Sí, eso está mejor. –Dijo, dándome un beso en los labios, poniéndose en pie y cogiendo sus zapatos.
(...)
Si había un ser que podía rivalizar con Chris en belleza ese era, sin lugar a dudas, su padre adoptivo, Helia. Su belleza era casi tan extenuante como la de mi único amor, y su porte y elegancia hacían imposible no fijarse en él. La primera vez que lo vi, hacía más de catorce años, creí estar ante el mismísimo Zeus.

Su estatura era muy similar a la de Chris, siendo apenas unos dos o tres centímetros más bajo. Su rostro era ligeramente alargado, con una perfecta forma, ni demasiado estirada ni excesivamente ovalada. Sus cejas no eran ni demasiado gruesas ni demasiado pobladas, sencillamente perfectas. Su nariz se enmarcaba justo en la mitad de su rostro, debajo de unos hermosos y grandes ojos almendrados, de un profundo color verde, como el bambú o el jade. Su blanca tez le confería mayor profundidad a esos arrebatadores ojos.
Helia llevaba el cabello largo, casi por la cintura, recogido en una coleta a la altura de la nuca, holgadamente, enmarcando su bello rostro. Unos mechones de bellos cabellos plateados surcaban su esplendorosa melena azabache.
Su cuerpo era el puro reflejo de su mortal vida pasada. De cintura estrecha y ampliada espalda, musculosos brazos y marcados abdominales, su figura denotaba que en un pasado fue nadador o que, por lo menos, la natación formaba una parte importante de su antepasada vida. Pero lo más espectacular era su presencia. Helia imponía, sin mediar palabra, captaba la atención de cualquiera que estuviera a su alrededor.




sábado, 13 de agosto de 2011

Recordatorio REGRESO (XIV)


-¿Qué pasa Chris? –Esta vez, preferí hablar en voz alta.
-Nada. –Pero sus ojos no se posaron sobre los míos. Tenía el rostro levemente inclinado hacia arriba, como si quisiera ver algo del insulso cabezal de mi cama. Tomé sus gélidas mejillas entre mis manos y con delicadeza, pero con fuerza, le obligué a mirarme.
-No me mientas, por favor. Cuéntamelo. –Mi voz sonó más suave que nunca, más dulce, más cariñosa, más comprensiva, y eso le ablandó.
-He cometido un error. –Y mi corazón se detuvo durante una milésima de segundo cuando creí que se refería a su vuelta. ¿Eso era lo que había significado ese último beso, una despedida? Leyó la angustia en mis ojos y me tranquilizó. -¡Sh! Tranquila mi amor. No es eso. Yo…verás… -Le acaricié la mejilla. Sus brazos me envolvieron de nuevo en una fría prisión que me parecía un paraíso. –Kara, he matado. –Y enterró su adónico rostro entre mis cabellos escondiendo su culpa y su vergüenza, su angustia y su temor.
-¿Y temes que te juzgue por ello? –Le obligué a mirarme. -¿O temes creer que eres un monstruo? –Y le di un suave beso en los labios. –Ni haré lo primero, ni eres lo segundo. Cuéntame que ha pasado. Sea lo que sea no va a hacer que cambie ni lo que siento por ti, ni que te vea como lo que eres.
-¿Y qué soy? ¿Qué, aparte de un horrible ser que sega la vida de humanos? –El dolor se hizo más patente.
-¡Basta Chris! Deja de decir eso y cuéntame que pasó. –No me iba a hacer cambiar de opinión. –Por favor, dime qué ocurrió. –Supliqué. Me dio un tierno beso en la frente y me acarició las mejillas. Con sus preciosos ojos lapislázuli calvados en los míos me relató su viaje.
(...)
-No eran cinco hombres, Chris. Eran cinco asquerosos pederastas, violadores y asesinos. No deberías culparte por ello. –Rodeé su cuello con mis firmes brazos, pero él se liberó de mi amoroso y cálido abrazo y se puso en pie.
-No soy quién para decidir quién debe morir y quién debe vivir. –Se sentó en el alféizar de mi ventana, con la mirada perdida en el horizonte. Aquella frase ya la había oído antes, en boca de Helia, su padre adoptivo.
-Cierto, pero ellos tampoco tenían el derecho de hacer lo que iban a hacer. Así que no te culpes. –Me levanté y fui a su lado, abrazándome a su inmortal cintura.
-Kara…, yo…, me erigí en juez y jurado, dicté sentencia y la ejecuté. No soy quién para eso. –Sostuvo mi rostro entre sus manos y sus maravillosos ojos me suplicaron clemencia, cuando desde el principio se habían ganado mi perdón. Nunca le juzgaría y mucho menos le condenaría. Le amaba, por encima de todo. –Soy un monstruo.
-No, no lo eres. El monstruo hubiera matado a los ocho humanos. Tú, el ángel, salvaste a los tres inocentes de las garras de cinco monstruos. –Y me puse de puntillas, para poder llegar a sus carnosos labios. Él agachó la cabeza y me besó, dulcemente.
-¿No te doy asco? –Me preguntó, todavía con el temor a mi rechazo dibujado en sus azulinos ojos.
-No Chris. ¿Te lo daría yo? Porque, créeme si te digo, que hubiera actuado igual que tú.
-Tú jamás me darás asco. Eres,… eres tan maravillosa que ni  te atreves a juzgarme. Te amo. –Y sus perfectos y fríos labios me volvieron a cubrir de castos y tiernos besos. Pasó uno de sus robustos brazos por debajo de mis rodillas y otro por mi espalda. Me llevó en brazos de vuelta a la cama. Nos recostamos en ella, mientras sus labios no dejaban de besarme, inocentemente al principio, febril y apasionadamente después. Sus manos comenzaron a acariciar mi espalda y una de ellas descendió por mi cadera y mi muslo derecho, obligándome a entrelazar la pierna a la suya y a pegar mi pelvis a la suya. Comencé a jadear, tratando de llenar mis pulmones de aire, y me recordé a mí misma que no debía rodearle con mis piernas. Mi corazón se desbocó ante la posibilidad de que me concediera mi ansiado deseo de ser suya, y su nívea piel comenzó a arder. Me hizo rodar y caer sobre mi espalda. No recostó su peso sobre mí, sino que sus titánicas piernas lo hicieron. Me rodeó por la espalda, obligándome a arquearme y sentí sus labios sobre mi cuello. Gruñó y por poco me descontrolo, cuando sentí su mano ascender por mi espalda, por debajo de la camisa, llegando a la altura de mi sujetador.  Uno de sus letales colmillos rozó la piel de mi cuello. Su pecho bramó. Y de pronto me soltó. –Lo siento. –Dijo cerrando sus ojos, rojos como el fuego del averno.
-¿Sigues hambriento? –Pregunté cuando recobré el control de mi respiración y el normal latido de mi desquiciado corazón. Él había bajado de encima de mí y estaba tumbado a mi lado, con los ojos cerrados, y se pinzaba la nariz con dos de sus dedos tal y como había hecho el día que había llegado.
-No, no tengo hambre. Ni sed. Pero tu olor, tu aroma sigue siendo demasiado tentador para mí. Y si lo uno a tu sabor,…  -Suspiró. –Yo creí que si me alimentaba lo suficiente me sería más fácil estar junto a ti. –Abrió los ojos, azules de nuevo, y me los clavó en lo más profundo de mi alma. –Despiertas al hombre con más fuerza de lo que despiertas a la bestia.
-Lo siento. –Musité.
-¿Por qué? ¿Por socavar mi autocontrol? –Dijo mientras su mano se ponía bajo mi mentón y me obligaba a mirarle a los ojos. –Nunca te culpes por ello. Llegará el día que mi autocontrol sea lo suficientemente fuerte para darte lo que ambos deseamos. Pero de momento tendremos que esperar. –Y me volvió a rodear entre sus brazos, tirando de mí y haciéndome caer entre ellos.- Ven aquí. –Dijo, besándome delicadamente.- ¿Qué has estado haciendo en mi ausencia?
-Poca cosa, la verdad. –Dije ocultando mi rostro. Sentí cómo mi corazón se aceleraba y cómo me sudaban las manos. Levanté el muro de mi cabeza. No quería que tratara de meterse en ella sin mi permiso.
-¿Qué ocurre? –Me preguntó mientras me obligaba, nuevamente, a mirarle a los ojos.
-Nada. –Traté de apartar mi mirada, pero sus inmensos ojos lapislázuli ya me habían capturado, haciendo inútil cualquier intento de oposición por mi parte.
-Ahora la que miente eres tú. Dime qué ha ocurrido en mi ausencia. –Su aterciopelada voz me acarició los sentidos y su inmensa y devota mirada socavó mi resistencia.
-Hassan. –Musité. Y su pétreo pecho bramó con más fuerza que nunca. –Vas a despertar a Victoria. –Le recriminé. Sus preciosos ojos eran inmensamente rojos.
-El menor de tus problemas es que despierte a Victoria. –Su armónica voz, esa tan melodiosa que se había convertido en mi más especial melodía, había desaparecido. Ahora era espectral. La furia y la ira se habían hecho más que patentes en su rostro, dejando de ser por unos breves momentos angelical para tornarse demoníaco. –Prometiste portarte bien, Kara. ¿Qué pretendes, qué te maten o sacarme tanto de mis casillas que sea yo quien lo haga?
Estaba realmente furioso. Su voz seguía siendo espectral, sus ojos eran más rojos que nunca y sus colmillos refulgían tras sus carnosos labios cuales hermosas perlas asesinas. Sus letales uñas estaban afiladas. Era más demoníaco de lo que había sido jamás. Hubiera asustado a cualquiera, excepto a mí. Sabía de sobra que no me haría daño.

viernes, 12 de agosto de 2011

Recordatorio CACERÍA (XIII)

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CACERIA
Me acompañó hasta la puerta de casa, pero no entró. Se fue al hotel a cambiarse de ropa y a prepara la maleta. Otro atrezo. Si se iba de viaje de negocios, lo más lógico era que se llevara una maleta.
Me di una ducha fría. Había sido el mejor día y la mejor noche de toda mi vida. Y mi desquiciada y febril mente soñó con todo lo que le hubiera gustado que ocurriera, si realmente el autocontrol de Chris hubiera sido socavado por el deseo de tenerme. Me obligué a mí misma a no pensar más en ello, temerosa de que mi humano corazón sufriera un colapso.
Me costó horrores sacar a Victoria de la cama. Al parecer, esa noche había salido con unos amigos, que si yo los conocía, no los recordaba.
Victoria no toleraba demasiado bien el alcohol y al parecer aquella noche se había ido de cena y a tomar unas copas. Con una cerveza y una par de combinados había tenido más que suficiente para emborracharse.
La saqué a empujones de la cama y la metí debajo de la ducha, mientras preparaba café. Chris volvió y llamó a la puerta. Le abrí y me lancé en sus brazos, como si hiciera un siglo que no le veía, cuando apenas había pasado una hora escasa.
Victoria se sorprendió al verlo allí, pero no dijo nada. Le dolía demasiado la cabeza. Le puse un café bien cargado delante y le pasé un par de aspirinas. Por su semblante, estaba segura de que las iba a necesitar. Estaba espantosa.
(...)
Aquella noche dormí lo habitual en mí, o sea, unas escasas cinco horas, pero que me sentaron de maravilla. Tuve el mejor despertar posible, porque en cuanto abrí los ojos, su maravillosa sonrisa brilló en mitad de la oscuridad, dejándome ver sus prefectos y blancos dientes, cuales perlas brillando al reflejo de la luna. Me estrechó con dulzura entre sus brazos y me besó, esta vez, apasionadamente. Me acurruqué contra su pecho, abrazándolo con fuerza, en cuanto recobré la respiración.
-¿Qué piensas?- Me preguntó, mientras sostenía mi rostro con exquisita devoción entre sus robustas manos.
-En que te voy a echar un motón de menos.- Pasé mis temblorosas manos por su perfecto rostro angelical.
-Y yo a ti. No sabes cuánto me duele separarme de ti- Dijo, mientras depositaba otro casto beso en mis labios.- Creo que me empiezo a inmunizar a tu olor. Cada vez me cuesta menos estar cerca de ti, y me es más costoso estar sin ti.
-¿Por eso no respiras, verdad?
-¡Me pillaste!- Dijo con la mayor de sus sonrisas en su rostro.- Pero no, es verdad. No respiro porqué aquí tu aroma es muy fuerte, está impregnado en cada objeto. Pero mientras dormías he inhalado pequeñas bocanadas de aire. Y aunque te efluvio me sigue quemando la garganta como un lanzallamas, y despierta el más voraz de mis apetitos, cada vez me cuesta menos trabajo controlar mi instinto.- Me envolvió con más firmeza entre sus brazos y me besó en el cuello. Rodeé su ebúrneo cuello con mis brazos y entrelacé mis dedos a sus sedosos y dorados cabellos. Sus oceánicos ojos me observaron con devoción infinita y con amor desmedido. Se me clavaron hasta lo más profundo de mí ser, acariciándome el alma y haciendo estremecer. Sus manos comenzaron a acariciar mi espalda, por debajo del pijama. Eran frías, como dos trozos de puro hielo. Temblé, pero no de frío, sino de placer. Me encantaba sentir el sedoso tacto de su nívea piel en mi cuerpo. Nuestras piernas se entrelazaron y mi cuerpo se moldeó como si fuera plastilina al suyo, escultural y perfecto. Sus dos pedazos de océanos seguían fijos en mi rostro. En el nulo espacio que quedaba entre nosotros, una enorme corriente eléctrica fluía, erizando todo mi vello. Mi corazón comenzó a desbocarse y las hormiguitas y las mariposas regresaron a mi cuerpo y a mi estómago.
-Tranquila, no voy a llegar hasta el final.- Me susurró en mi mente, cuando sentí que sus manos dejaban de recorrer mi espalda, para acariciar mi cintura y mi cuello. Sus labios se depositaron en el arco de mi cuello y llegué a sentir el suave roce de uno de sus letales colmillos.
-¿Y por qué haces esto? Me va a dar un ataque, Chris.- Musité cuando conseguí recuperar el aliento.
Sonrió, mientras volvía a mirarme a los ojos. Sus tersas yemas acariciaron mi rostro con exquisita dulzura.
-Sólo quiero llevarme lo máximo de ti. Estar sin ti va a ser un verdadero suplicio. Estos cuatro días me van a parecer una eternidad.
-Para mí también va a ser horrible estar sin ti.- Dije acariciando su adónico rostro. Esta vez fui yo quién le dio un suave beso en los labios, reptando por su pecho.
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(...)
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Se detuvo a escasos cinco metros de mí, y sus hambrientos ojos recorrieron mi cuerpo de los pies a la cabeza, mientras se relamía los labios y su pecho gruñía levemente. Alcé la cabeza y sonreí maliciosamente.
-Sí crees que me vas a asustar con esos ruiditos, vas muy mal encaminado. ¿Hassan, no?
Se sorprendió de que supiera su nombre. Qué hubiera averiguado que era, eso era asumible por su parte, teniendo en cuenta que yo era una cazadora y sabía reconocerlos entre los humanos, pero que conociera su identidad, eso ya no era tan asumible por su parte.
-¿Cómo sabes mi nombre?- Su voz era cantarina, pero para nada tan hermosa como lo era la melodiosa voz de mi inmortal ser.
-Tenemos un conocido en común. -Dije mientras de un pequeño salto bajaba de la piedra y estiraba todos mis músculos, como si me aburriera.- ¿Qué haces aquí?
-Cazar. No es obvio.- Y se relamió de nuevo los labios. Me volvía reír.
-¿Y crees que me vas a cazar a mí? ¡Pobre infeliz!- Me mofé de él, y le enseñé mis mortíferas uñas.
-Bueno, según tengo entendido, estás un poco desentrenada.- Él también alargó sus uñas. Y sonrió, muy pagado de sí mismo.- Hueles muy bien, por cierto.- Y me enseñó sus letales colmillos.
-Sí, eso dicen. Lo tomaré cómo un cumplido.- Cogí una piedra, del tamaño de una pelota de golf, y la estrujé entre mis dedos. Medio segundo después, simplemente era arena.- Respóndeme a una cosa, ¿Quién te habló de mí?
-Un tal Jake, ¿por qué?- Su inmortal pecho rugió con más fuerza. Estaba realmente hambriento, probablemente más de lo que estaba el mismo Chris antes de partir de cacería
-Tranquilo gatito, tranquilo.- Dije clavándole mis ojos. En el espejo de los suyos, comprobé que era más cazadora de lo que jamás había sido. En mi cara, allá donde se suponía que debía haber un par de ojos ámbar o negros, refulgían dos llamas, rojas como el fuego del averno. Hassan tembló sutilmente, pero luego, su instinto depredador volvió a tomar el control.- ¿Fue él quién te dijo que yo estaba desentrenada?
-Sí.- Se mordió el labio inferior. Reamente estaba famélico.- ¿Te interesa en especial?
-La verdad, no. Pero deberías cambiar de fuente de información. Está un poco desfasada. Sobre todo si tenemos en cuenta que mi padre no sabe nada de mí desde hace catorce años.- Hassan abrió los ojos como platos.- ¿¡Ah!, qué no sabías que era mi padre? Éste Jake, siempre tan despistado.- Di un par de pasos, con andares de absoluta despreocupación.- O tal vez no le convenía decirlo. Sobre todo si lo que pretendía era despertar tu curiosidad. ¿Te contó algo más?
-La verdad es que no. Simplemente me dijo que si tenía hambre, aquí encontraría el más exquisito de los platos. A ti.
-¿Pero ya te habían advertido de que el territorio estaba vetado? ¿Cómo se te ocurre desafiar una orden de ellos?
La incertidumbre volvió al rostro de Hassan. Yo poseía más información de la que él sospechaba.
-¿Conoces a Lucian y a Chris?
-Por supuesto. Me crearon para matar al último. ¿No te lo contó Jake?
-Algo me comentó. Dijo que nunca cumpliste tu cometido.- Dio un paso hacia mí. Su pecho rugió nuevamente.
-Cierto, no lo cumplí.
-¿Por qué? -Un milímetro más cerca.
-Las preguntas la hago yo. Estás en mis dominios.- Y gruñí. Hassan dio un paso atrás.
-Creo que deberías saber que Chris también anda por aquí.
-Lo sé.- Di un paso hacia él. Sentí el aroma a miedo en la piel de Hassan. Eso despertó el último resquicio dormido de la cazadora que llevaba dentro. O tal vez el último rescoldo de mi demoníaca esencia. Y tuve sed. Él lo vio, vio mi ansia de matar, mi deseo de segar su vida, el poder que yo tenía, y tembló. Ya no estaba seguro de sí mismo. Una pena que no se hubiera dado cuenta antes. -Sabes Hassan, no me importaría dejarte marchar si las circunstancias fueran distintas, pero -di un paso más hacia él –me temo que eso va a ser imposible.
-¿Por qué?- Seguía con las uñas fuera y con sus colmillos despuntando tras sus labios. En él quedaba la esperanza de salir airoso de nuestro encuentro. Nada más lejos de la realidad.
-Verás, has desobedecido a Lucian, -avancé unos cinco centímetros –y siento un gran aprecio por él. Somos amigos. –Hassan abrió más los ojos. –Has osado no obedecer una orden de Chris, -gesticulé un no con uno de mis finos dedos, cuando dio un paso atrás para salir corriendo. –Y sí te vuelves a cruzar con él y le dices que tú y yo hemos estado hablando, me veré metida en un lío. No es que me importe lo más mínimo lo que te vaya a pasar a ti, pero no quiero que se enfade conmigo.
-O sea, ¿qué le temes?- Dijo creyendo ver un punto débil en mí.
-¿Temer? ¿A Chris? –Rompí a reír. Mi carcajada lo asustó. –No, no es eso. Le prometí que me portaría bien, y que no iría de caza mientras él estaba fuera. Y, obviamente, no estoy cumpliendo mi palabra.
Hassan seguía sin entender del todo. La incomprensión se dibuja perfectamente en su hermoso rostro.- ¿Prometido?
-Sí. Verás hay algo que deberías saber. El domingo, cuando te cruzaste con Chris, en el bosque, yo estaba allí. –Di un paso más, tensando los músculos para saltar. –Y él lo sabía. De hecho, Chris te hubiera matado sin contemplaciones, de no haber estado yo agazapada tras el árbol dónde él se apoyaba. Es muy protector. –Me moví tres centímetros más. Estaba lo suficiente cerca como para que no le diera tiempo a nada, antes de que yo saltara sobre él. El deseo de matar era muy fuerte en mi pecho. El olor a miedo me quemaba la garganta. Se me hizo la boca agua.
-¿Protector? –Hassan estaba absolutamente paralizado por el miedo y la curiosidad. Me relamí los labios. Iba a ser tremendamente fácil acaba con aquel niño.
-Sí. Él es,… ¿cómo llamarlo?… excesivamente protector con aquello que ama. Y a mí, me ama, al igual que yo a él. Por eso no cumplí mi cometido. Somos… ¿cómo lo llamáis?… pareja.
-¿Pareja?- Musitó alucinado. –El más mortífero de nosotros y la más letal de los cazadores.- Pensó
-¿Bonita pareja, no crees? ¿Te contó Jake con qué me crearon? Eso explica que yo sea tan buena.
-No.- Aquel inmortal ser estaba completamente aterrorizado. –Sólo me dijo que tu fuerza, tu luz y tu sangre bastarían para saciarme durante décadas.
-Sí, algo de eso me contó Chris. Pero debió decirte que eso se debe a que fui creada a partir del material genético de Chris, haciendo que adquiriera no sólo la fuerza necesaria para matarlo, sino también su habilidad para la caza y alguno de sus dones.
-No le diré que te vi. A nadie. –Pedía clemencia.
-Lo siento, pero no correré el riesgo. No me gustaría estar tres o cuatro días enfadada con Chris, y tampoco que le fueras con el chisme a Lucian o a Jake. Deberías haberlo pensado mejor. Si desafías a Chris, me desafías a mí. No te dolerá.




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