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martes, 24 de mayo de 2011

La Llama del Ángel

A partir de hoy empezaré a dejaros trocitos de la segunda parte de LaSaga El Ángel, del libro La Llama del Ángel. Espero que disfrutéis de esta novela. Es más rápida, hay más acción y nuevas historias. Un beso, un abrazo y un mordisco!!!!!

martes, 17 de mayo de 2011

Teorías

TEORÍAS
Ante mí se encontraban dos de los seres más bellos y dispares que alguien pudiera ver. Drake y Keinan, los hermanos medianos de Chris. Tan diferentes que parecía cómico verlos juntos, pero inseparables desde que habían entrado a formar parte de la familia de Helia. Eran como la noche y el día, distintos hasta en los más mínimos detalles, pero que se complementaban el uno al otro de tal modo que siempre se tuvo la certeza de que permanecerían juntos incluso después de encontrar pareja, permaneciendo los cuatro juntos llegado tal momento.
Keinan era una especie de armario ropero que asustaba sólo con mirarlo. De casi dos metros de altura y prácticamente la misma anchura de hombros. Sus brazos eran fuertes y musculosos, al igual que su pecho y sus piernas. Los dedos de sus manos eran tan grandes que parecían hechos de piedra, capaces de romper cualquier cosa simplemente con rozarla. Su cuello era robusto, como de níveo mármol, pero su rostro era totalmente opuesto a su cuerpo.
De cabellos rubios rojizos como pequeñas llamas reflejadas en un espejo y alborotados rizos, con una blanca piel llena de pequeñas pecas, ojos azul claros, casi blancos, y mejillas redondas, en las cuales aparecían dos pequeños hoyuelos cuando sonreía. Su rostro parecía el de un niño rollizo y mofletudo, no por ello sin dejar de ser hermoso.
A Keinan le encantaba su nueva condición de inmortal. Disfrutaba de una fuerza descomunal, sobrepasada únicamente por sus ansias de diversión, y por Chris. Era bromista, liso, llano, transparente, como un espejo. Lo que se veía era lo que había. Su rostro siempre denotaba un excelente estado de ánimo, divertido y despreocupado. Sólo una vez en sus doscientos años su rostro denotó preocupación. Cuando le herí, antes de saber que era el hermano preferido de Chris.
Drake era su opuesto. De metro setenta y cinco, fibroso, piel rojiza y espesa y negra cabellera azabache, e increíbles ojos color ceniza, sólo había que mirarlo una vez para saber que descendía de una tribu de indios nativos americanos. En su mortal vida, Drake fue el primogénito de un jefe Sioux.
Drake era la tranquilidad en persona. Jamás perdía los nervios. Los suyos eran sin lugar a dudas de acero. Rápido y veloz, más incluso que Chris, pero tranquilo y sosegado. Racional y culto. De los cinco era uno de los que más se parecía a Helia. Le gustaba la lectura, la música, el arte. Tenía tres licenciaturas en historia, dos en filología, y era compositor. Sus trescientos años habían sido muy bien aprovechados.
Keinan era la fuerza bruta. Drake el cerebro. El tándem perfecto. El equilibrio perfecto de la balanza.

lunes, 16 de mayo de 2011

Gracias

 Hoy no quiero hablaros de mí. Hoy quiero hablar de vosotros. De todos y cada uno de aquellos, que en estos meses, le habéis concedido una pequeña oportunidad a mi primera novela, a los que con vuestro apoyo habéis conseguido que, lo que empezó siendo mi sueño, se haya convertido también en el vuestro.
Cuando empecé esta andadura, no sabía con lo que me iba a encontrar. Os puedo asegurar que, a pesar de esa fachada de mujer fuerte y dura que no se asusta ante nada, estaba muerta de miedo. Pero no dije nada. Me tiré a la piscina y que fuera lo que tenía que ser. 
En el camino me he encontrado a gente absolutamente maravillosa. Gente que, sin conocerme, me han apoyado y me han ayudado a que mi novela se conociera y se vendiera. Gracias a todos y cada uno de vosotros, de aquella tirada de 500 ejemplares, hemos vendido 300. Y digo hemos, porque lo hemos hecho entre todos. Yo la he escrito, la he editado y la he distribuido. Vosotros la habéis pormocionado en muchos sentidos. Desde el boca a boca, pasando por regalarla, por dejar mi muro del Facebook plagado de comentarios, de reseñarla en blogs, ect. Habéis hecho tanto por este libro y por mi, que no sé cómo agradeceroslo. De momento, no se me ocurre otra más que decir: GRACIAS!!!!!
No puedo nombraros a todos. Trescientas personas son muchas, y ni mi memoria ni este blog dan para tanto. Pero a todos los que habéis ido a una librería, habéis venido a alguna de mis presentaciones, habéis comprado el libro contra reembolso, me habéis abierto las puertas de vuestras librerías y de vuestros corazones, una vez más, gracias, gracias y gracias. En los momentos en los que pensé mandarlo todo a la porra, habéis estado ahí. En los momentos en los que pensé que esto era una locura que no iba a acabar bien, habéis estado ahí. Junto con mi familia y amigos, vosotros, unos desconocidos, habéis sido mi apoyo y os habéis ganado un lugar en mi corazoncito. 
Os quiero.
Un beso, un abrazo y un mordisco!!!!!!














domingo, 15 de mayo de 2011

Un poquito de esta historia

Durante unas semanas, os he ido dejando trozos de los capítulos de mi libro, El Ángel de la Destrucción.
Hoy quiero dejaros algo diferente. Quiero contaros de qué va este libro. Porque sé que muchos habréis pillado la idea básica, pero quiero aclararos algunas cosas.

Lo cierto es que explicar esta historia es un poco complicado, pero lo voy a intentar. Primero os contaré de qué ve el libro, y luego el periplo de editarlo por mi cuenta.
La historia está narrada en primera persona por Kara, pero yo voy a empezar por Chris. Nuestro protagonista masculino.
Chris no es un vampiro, por mucho que la gente se empeñe en decir que lo es. Tampoco es un demonio. Es una mezcla de ambos. Partí de la base de que el ser humano se compone de dos cosas. Cuerpo y alma. La sangre es el sustento del cuerpo, y la luz, eso que sustenta nuestra alma y brilla en nuestro interior. Y nuestro protagonista en cuestión se alimenta de ambas cosas. A esos seres, a los que son como Chris, le puse el nombre de morwins (y no os diré de dónde saqué ese nombre)
Chris nunca fue normal, ni tan siquiera cuando era humano. Sólo le interesaban las mujeres para llevarlas a la cama (¡menuda novedad!) y satisfacer sus necesidades, llegando a ser un misógino empedernido, jamás le interesó el negocio familiar y fue incapaz de sentir algo más que un ego inconmensurable. Simplemente se limitaba a saciar sus caprichos y antojos.
Kara, nuestra protagonista, es, básicamente, una mujer enamorada. Pero no es una mujer cualquiera. Me negué en todo momento a que fuera la típica protagonista que necesita al héroe o al ser fantástico que la salve en de todo y de todos. No, Kara no es así. Se la creó en una probeta, siendo, por decirlo de algún modo, un experimento genético que le salió mal a su supuesto padre, Jake. Con cualidades inhumanas, veloz, hermosa, letal y despiadada, todo su mundo, sus creencias y su misión en la vida, caen como un endeble castillo de naipes cuando conoce a Chris.
Esto sería básicamente lo que resumiría el principio de la historia. Pero decidí comenzar por la mitad, tal vez por eso de que no suelo hacer la cosas de forma convencional.

Cadena de Favores

Lo que hoy os pido es muy sencillo. Si habéis leído mi libro, id al final de esta entrada y leed el pequeño favor que os pido, independientemente de que os haya gustado o no. Si no es así, leed este entrada, y la carta que os adjunto al final de la misma. Es un simple favor que os pido, que no os llevará más de diez minutos.
Gracias, de corazón.
Un beso, un abrazo y un mordisco.


EL ÁNGEL DE LA DESTRUCCIÓN
MERCEDES PERLES ORTOLÁ
A la memoria de mi tío Mingo y de mi abuela Mercedes:
Porque vuestras luces alimentan mi alma y guían mi espíritu.
REENCUENTRO
Estaba sentada en el alféizar de mi dormitorio, observando, a través de los cristales de la ventana, cómo el cielo lloraba al compás de mi desgarrada alma y mi maltrecho corazón. Mis dedos seguían los acuosos surcos hechos por las gotas del exterior, cómo si siguieran una tortuosa carretera que conducía a mi destrucción. A aquellas gotas celestiales se les unieron mis saladas lágrimas de dolor, resbalando, frías y calladas, por mis pálidas mejillas. Aquel día era más oscuro que los anteriores, más frío, más inerte, más gélido y mortecino. Aquel día era mi trigésimo aniversario. Un leve suspiro, más parecido al último aliento de un moribundo que al gemido de una mujer de treinta años, se escapó de mis pulmones, y el hueco en el pecho, allá dónde se suponía que debía estar mi corazón, se hizo un poco más grande y el dolor se expandió, como una gigantesca ola, sacudiéndome. Me encogí levemente, acercando las rodillas a mi pecho, tratando, inútilmente, de no romperme un poco más. Recosté mi mejilla sobre las rodillas, y sollocé, mientas mis dedos seguían recorriendo el álgido cristal. Fuera, un rayo cruzó el oscuro cielo iluminando momentáneamente la triste, oscura y tormentosa tarde. Durante una milésima de segundo vi mi rostro reflejado en la ventana. A la luz de aquel relámpago, mi faz parecía la de un fantasma, decrépito y marchito, níveo, casi transparente. Mis ambarinos ojos no brillaban como antaño lo hicieron, y mis largas pestañas caían sobre ellos, envolviéndolos aún más entre las sombras de una vida consumida por el dolor. El único color que mi rostro reflejaba era el de las profundas ojeras que cada día crecían más bajo mis desdichados ojos. Aquel morado tétrico era el único rasgo de vida que quedaba en mi semblante. Mi mano dejó de tocar el cristal para, involuntariamente, aferrarse a lo único que me quedaba de él; a la única prueba tangible de su existencia. Mis finos dedos, gélidos como la muerte, acariciaron el precioso medallón que él me regaló, catorce años atrás. Era de plata, brillante como su hermosa sonrisa, labrado finamente, como su divino rostro angelical, y tenía un bello lapislázuli engastado en el centro; del mismo color que sus oceánicos ojos. Cerré los ojos durante unos segundos y rompí la promesa que me había hecho a mí misma. Catorce años atrás me había prohibido recordarle para tratar de mitigar el dolor, fracasando estrepitosamente incluso antes de realizar tal estúpida prohibición. Tras mis castigados párpados su adónico rostro vino a mí. Pude ver sus dorados cabellos, ondeando al sol como hermosos campos de trigo. Observé su nívea piel, como un hermoso glacial, sus carnosos labios que jamás probé, su perfecta nariz enmarcada justo en el centro de su sutil rostro y sus maravillosos ojos, azulinos como un océano en calma pero castigados por el dolor y el tormento.
A lo lejos, oí el sonido de un teléfono móvil. Llegaba a mí apagado, hueco y vacío, como lo hacían la mitad de los ecos de este mundo. Abrí los ojos dejando que su adónico rostro desapareciera, evaporándose como una cortina de humo y alargué la mano. Descolgué, sin tan siquiera mirar quién llamaba.

jueves, 12 de mayo de 2011

Todas Juntas


El otro día acompañé a Zaida, una amiga, a la librería. Ella compraba, yo cuchicheaba.
Y dándome una vuelta por allí, mirando a ver cuántos ejemplares de mi libro les quedaba, ¡ZAS! voy y me tropiezo con esto.
LA Saga Vanir, La Saga El Escarabajo y la Saga El Ángel juntos en la misma estantería.
Móvil en mano, saqué la foto. Mi libro, El Ángel de la Destrucción, compartía espacio con los dos de Dianna, Alma Inmortal y La Isla del Darphiro, y con los tres de Lena Valenti, El Libro de Jade, El Libro de la Sacerdotisa y El Libro de la Elegida. ¡Me quedé de piedra!
Porque con anterioridad había visitado la librería, y mi libro estaba ubicado en otro lugar, pero mi sorpresa fue mayúscula.
Primero, por encontrar el de Dianna. En su momento se lo había comprado por Internet, y no sabía que se podía comprar en Publics, una de las librerías de mi ciudad.
Segundo, yo al lado de Lena. ¡JUAZ, flipante!
Y tercero, alguien se había tomado la molestia de poner mi libro en un lugar más visible, otorgandome un pequeño espacio con estas dos grandes escritoras.
Desde aquí, chicas, es un placer compartir espacio con vosotras.
Un beso, un abrazo y un mordisco

miércoles, 11 de mayo de 2011

Regreso (XIV)

REGRESO

Con los plateados reflejos de la luna sobre sus sedosos cabellos, con su inmortal presencia, con su extenuante belleza, con su esplendoroso cuerpo y con su maravillosa y perfecta sonrisa cincelada en su adónico rostro, encontré a mi particular dios de la belleza, a mi bello ángel de la destrucción sentado sobre el alféizar de mi ventana aguardándome. Había regresado, un día antes de lo previsto.

-¡Chris! –Y sin poder remediarlo, me lancé a sus brazos.

Sentí cómo me rodeaba con delicadeza, cómo aquellos ciclópeos brazos me aprisionaban entre ellos, como me envolvían con dulzura. Sus preciosos ojos azules me volvían a mirar con devoción infinita, con amor desmedido. Sentí que me sostenía en el aire, con mis pies colgando un palmo del suelo y como sus carnosos y fríos labios me besaban castamente. Pero poco a poco, conmigo aferrada a su cuello, como quien se aferra a la vida, sus besos se tronaron apasionados. Sentí cómo su aliento me cosquilleaba en la garganta, gélido al principio, ardiente al final, abrasándome los pulmones. Sus fuertes manos me seguían sosteniendo por la cintura y a través de la camisa, sentí cómo pasaban del frío al calor. La cabeza comenzó a darme vueltas, debido a la ausencia de oxigeno. Mi corazón emprendió otra de sus frenéticas carreras hacía el colapso y los cientos de hormiguitas y los millones de mariposas volvieron a recorrer mi piel y a inundar mi estómago, febriles y desquiciadas. Sentí que sufriría un colapso, pero entonces, mi inmortal amor, me soltó.

(...)

-He cometido un error. –Y mi corazón se detuvo durante una milésima de segundo cuando creí que se refería a su vuelta. ¿Eso era lo que había significado ese último beso, una despedida? Leyó la angustia en mis ojos y me tranquilizó. -¡Sh! Tranquila mi amor. No es eso. Yo…verás… -Le acaricié la mejilla. Sus brazos me envolvieron de nuevo en una fría prisión que me parecía un paraíso. –Kara, he matado. –Y enterró su adónico rostro entre mis cabellos escondiendo su culpa y su vergüenza, su angustia y su temor.