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jueves, 22 de noviembre de 2012

La Montaña de las Cerezas Blancas.

Buenos días mis Ángeles Ocultos:
Como ya sabéis, en este blog no sólo me dedico a publicar todo aquello relacionado con mis libros, sino que también trato de ayudar, en la medida de lo posible, a todas esas personas que se han lanzado a este difícil mundo. 
Y hoy os quiero hablar de Antonio Hidalgo y de su novela, La Montaña de las Cerezas Blancas. 


SINOPSIS

 Ambientada en el siglo XV, momento en el que  la corona de Castilla estaba interesada en la repoblación de ciertas tierras abruptas en la hoy denominada sierra sur. Tierras hasta entonces utilizadas en el pastoreo, las cede a colonos venidos de diversas partes del norte, colonos que intentan sobrevivir luchando contra todas las dificultades que conlleva implícitamente la supervivencia.
El amor, el deseo, el odio, la ambición, les conducirá por diferentes caminos. Unos alcanzaran la felicidad, otros sus sueños y otros la perdición, arrastrándolos a la muerte.

De narrativa ágil, el lector se sumerge en el complejo mundo de los personajes donde sentirá desprecio hacia alguno de ellos para que en un giro inesperado sentir piedad de él.

O viceversa.

Lo cierto es me llamó la atención y estoy a la espera de recibir mi ejemplar para poder leerlo. 

Antonio me facilitó el primer capítulo para que os lo deje y que podáis leerlo.  Así que ahí va. 

“LA MONTAÑA DE LAS CEREZAS BLANCAS”

Septiembre 1491

La tarde otoñal presagiaba una noche fría; el cielo era de un tono metálico y algunas nubes dispersas parecían bolas sucias de algodón con formas fantasmagóricas. El frío viento, que venía del suroeste racheado, peinaba  las greñas de Hadi que, afanosamente, buscaba leña en el bosque.
Tres meses  atrás, él y Mathilda, habían decidido vivir juntos instalándose en un refugio que los pastores Antonino y Gregorio les cedieron. Era un refugio  que utilizaban entre los meses de mayo y septiembre cuando se desplazaban   con el ganado en busca de lugares más frescos.                                                             
Hadi le explico a Gregorio, su gran amigo, lo que ocurría; la necesidad imperiosa que tenían él y Mathilda de su refugio .Gregorio no planteó ningún reparo,  respondiéndole:
-No te preocupes, Hadi. Convenceré a mi compañero Antonino, lo entenderá y no habrá ningún problema.
-¿Dónde pasaréis  las noches  tú y Antonino? -dijo Hadi- Podemos estar todos dentro. No nos importaría, ni a Mathilda ni a mí.
- No, Hadi, -dijo Gregorio- ni yo ni Antonino querríamos ennegrecer los que podrían ser los días más felices de vuestras vidas.
-Pero, ¿cómo podríamos dormir tranquilos Mathilda y yo sabiendo que vosotros estáis afuera sin más abrigo que vuestros jubones?
-Y el de las estrellas -dijo Gregorio- este cielo maravilloso que alumbra mis sueños, sueños que tú has alcanzado, pero yo no. Por eso, contemplando las estrellas, me quedo dormido profundamente con la esperanza de encontrar algún día una compañera dulce y cariñosa como Mathilda.
  Gregorio  era, para él, un hermano. Cómplices y aventureros, compartían la miel de la amistad cada verano.                                                                                                                                                                                                                                       Hadi y Mathilda esperaban, todas las primaveras,  la llegada de Gregorio. Junto a  él pasaban días enteros, intercambiando secretos y vivencias. Gregorio les hablaba de otras tierras,  de llanos inmensos donde el agua no era tan abundante. Los hombres cultivaban vino siendo muy expertos en la elaboración “¡y en el consumo!”, decía Gregorio, riendo abiertamente.
- Mi padre, por ejemplo, es gran consumidor. Así nos tiene a todos  los hijos por ahí, desperdigados trabajando, sin ninguna esperanza en el futuro. Y a mi madre la tiene como a los ángeles, desnuda.
Gregorio le enseño a observar los animales para conocerlos mejor y respetarlos ,convirtiendo a Hadi en defensor del entorno, cosa que a los carboneros y a Bernardo les parecía de personas raras, no entendiendo el porqué del respeto a ciertos animales.
Hadi,  por su parte, explicaba sus experiencias en las tierras de levante. Allí eran naranjos y limoneros los que vestían la tierra. En la época que florecían, el perfume del aire era delicioso; mejor que el de los cerezos.
- No  me lo creo -respondía Gregorio, con el apoyo de  Mathilda- ¿Mejor que los cerezos?- volvía a preguntar Gregorio.
- Bueno, los cerezos, si estoy junto a Mathilda, huelen mejor-de esta manera zanjaba Hadi la cuestión entre las risas de Gregorio, y el enojo de Mathilda.
                                                                                                                                      En los días calurosos, cuando las ovejas pastaban tranquilamente, Antonino les dejaba ir a bañarse; totalmente desnudos en el remanso, formado en un recodo del río, se introducían en las limpias y heladas aguas de Río Frío.
 Mathilda prefería quedarse junto a Antonino hablando, más que nada por pudor. Aunque le tentaba la curiosidad de espiarlos para verlos desnudos.
Al llegar el mediodía, a la sombra de unos enormes nogales, compartían pan, queso y melón.
 
   Ahora, después de todo lo ocurrido, Hadi se sentía enormemente feliz. La noche anterior, Mathilda le dijo que posiblemente estaba embarazada. Él, a sus veinte años iba a ser padre,  y ese hijo se lo entregaba Mathilda; el ser que más amaba en el mundo.

El refugio de adobe y cañas era pequeño, de un solo cuerpo, sin paredes interiores, de forma rectangular. Tenía tres metros de ancho por seis de largo.    En un lado, el pesebre donde comía la mula que ayudaba a Hadi en las labores del campo. En el otro extremo, centrada, una chimenea como cocina,  que, en los fríos inviernos, caldeaba la estancia, haciendo más llevaderas las álgidas  noches. A un lado de la chimenea había un hueco en la gruesa pared, utilizado como alacena o despensa, donde guardaban sus escasos enseres. En el lado opuesto, dos vigas a media altura empotradas en sus extremos a la pared. En el otro extremo, estaban unidas por una tercera viga,  formando un rectángulo, y, de cada vértice bajaban  dos gruesos maderos, que, apoyados en el suelo, hacían las veces de columna y soporte del catre. Una soga entretejida, tupida, simulando una tela de araña, soportaba  el jergón relleno de lana. En él dormían Hadi y Mathilda.

“Tengo que trabajar duro” -pensaba Hadi mientras seguía recogiendo leña- , “Tengo que mejorar estas condiciones de vida.”. Gracias a su padre,  que le había enseñado los secretos de la albañilería, construiría un cuerpo superior donde estaría el dormitorio, a salvo de la humedad y ventilado por unas ventanas. Así, cuando viniese al mundo su pequeño, estaría a salvo de bichos y enfermedades. Sería un hogar digno, para él y para Mathilda.

Con estos pensamientos, Hadi, cargó sobre  su espalda el haz de leña. Cogió la estrecha vereda y, caminando ligeramente, salió de la penumbra del bosque.
En el delicioso silencio, solo roto por el crujir bajo sus pies del seco sotobosque, los alegres trinos de los  pájaros y el agudo silbido del viento entre las ramas de los pinos, le pareció escuchar el trote de unos caballos y un tintineo metálico.
“¡Oh Dios!,” -pensó Hadi- “¿soldados?”
Giró la vista hacia el lugar de donde provenían los sonidos y vio, en la vertiente  opuesta del río, una docena de soldados a caballo.
Parecen castellanos. Si se dirigen a Granada, -dedujo Hadi- seguramente  irán perdidos, buscando algún lugar donde poder pasar la noche al resguardo del frío cierzo.
Hadi soltó el haz de leña y corrió desesperadamente hacia el refugio. El frío viento  le azotaba el rostro, produciéndole un ligero escozor, y los ojos llorosos, por el mismo efecto del frío le volvían brumoso el camino. Al divisar el refugio, vio a Mathilda recogiendo unos trapos que había lavado y puesto a secar. Su rubia melena parecía jugar con el viento que, alegremente se  alzaba y suavemente volvía a caer sobre sus hombros        
Ella, al verlo correr de aquella manera se asustó.
- ¿Qué ocurre?
- ¡Corre Mathilda! Tienes que marcharte a casa de tus padres, aunque sea solo para esta noche.
- Pero, ¿qué pasa?
- Viene un grupo de soldados. Tal vez mercenarios de castilla, quizás camino de Granada buscando algún lugar donde pasar la noche. Si ven el refugio, pasarán aquí toda la noche y no quiero que vean que estamos los dos, aquí solos, juntos. Corre; ¡vete!
-Pero, ¿cómo voy a ir con mis padres? Sabes que no me acogerán, después de todo lo que ha pasado.
-Sí, Mathilda; -dijo Hadi- ves y diles que he tenido  que marcharme. Tú no puedes quedarte aquí sola invéntate algo, pero no te quedes aquí esta noche.
-Por favor Hadi, no pasará nada. No debes preocuparte. Yo no quiero alejarme de ti.
Hadi, desesperado, la cogió por los hombros.
-Mathilda, no lo entiendes, no son buena gente, no son como tú ni como yo, ni como nuestras familias, ni como las gentes de estas montañas donde solo queremos trabajar tranquilamente, con el único fin de alimentarnos a nosotros y a nuestros hijos. Ellos van a la guerra, solo saben matar, están de paso y no les importa sembrar el mal en su camino, la muerte siempre va con ellos.
-Calla Hadi ¡déjalo! Además, ya es demasiado tarde.
Mathilda, con la mirada, señaló sobre la espalda de Hadi, él se giró, estaban allí, a unos cien metros. Les habían visto y venían hacia ellos.
- Entra en la casa, mejor que no te vean -le dijo Hadi-.
Mathilda, callada, obedeció.
- Dios te guarde, cristiano. –le saludó quien parecía ser el jefe del grupo- Porque, ¿eres  cristiano?
- Sí, lo soy -respondió Hadi-.
- Soy quien comanda esta partida. Vamos hacia Granada,  nos  perdimos y necesitamos alojamiento y comida  esta noche.
Hadi asintió. Era lo más prudente. El aspecto de aquellos “caballeros” no era precisamente tranquilizante; quien comandaba el grupo, de rostro arrugado, la barba del color de la canela, hirsuta, no demasiado espesa, dejaba entrever una cicatriz atravesándole el rostro, los ojos color miel de mirada traidora. Vestía una camisa que pudo ser blanca cuando fue confeccionada, sobre la camisa, un jubón y encima, un coleto de cuero cuya función más probable era la de  minimizar las posibles puñaladas del enemigo. Las calzas, voluminosas, botas de piel al cinto, su espada, y una correa cruzaba  en diagonal desde su hombro a la cintura, colgando de ella una vaina con el cuchillo. Barbudo y sucio, enemigo de la limpieza, tal vez, porque todo su empeño y vigor lo empleaba en mantener su limpieza de sangre y de espíritu, virtudes que él consideraba más importantes, su aspecto imponía  negativamente.                                                                                                          Los soldados, que le iban a la zaga, obedientes y fieles a su capitán, cumplían “escrupulosamente” las pautas y hábitos del capitán, destacando con éxito el  concerniente a la higiene.         .
- Supongo que, como buen cristiano, no nos negarás cobijo y comida. –Repitió Iñigo, que así se llamaba el capitán– vamos a combatir al moro, necesitamos recuperar fuerzas para librar castilla de herejes e infieles.
A Hadi se le heló la sangre. Las palabras pronunciadas de aquel modo por el capitán parecían amenazantes. Desde el primer momento, los castellanos vieron que él era árabe, su físico le delataba.
-Moras con mujer, ¿verdad muchacho? -dijo Iñigo- Dile que salga.
Hadi no tuvo que llamarla; Mathilda salió peinando con su mano la  rubia melena mirando valiente al capitán.
- Preciosa muchacha.-dijo Iñigo, con lasciva sonrisa- Estoy seguro de que sabrás agasajarnos con un buen guiso de cordero. ¿Cómo te llamas, muchacha?
- Mathilda -respondió ella-.
- Bonito nombre. Creo que Dios nos ha iluminado el camino, ayudándonos a encontrar un acogedor lugar para pasar una agradable noche.
Las palabras del capitán y las sonrisas cómplices de los soldados aumentaron el temor y la sospecha en Hadi de que nada bueno podía esperar de aquellas gentes.
Iñigo bajó del caballo y dirigiéndose a Hadi, le ordenó:
- Venga muchacho, no nos hagas esperar más, trae leña y mata uno de tus corderos, estamos muertos de hambre.
Ignorándolo, dándole la espalda con la certeza de que cumpliría su orden, Iñigo se dirigió hacia Mathilda, y agarrándola fuertemente del brazo le dijo:
-Ven, hermosa mujer, entremos en la casa. Debes enseñarme donde dormiré.
 La tropa soltó una sonora carcajada.
-¡Déjala! -grito Hadi- Os lo prepararé todo, pero a ella dejadla marchar.
-¿Adónde muchacho? La noche es muy fría, supongo que la amas lo suficiente como para no permitir que duerma fuera.
-Dejadla, debe marchar con sus padres.
-¡Ah! Pero, ¿no estáis unidos bajo la bendición de Dios nuestro señor? Vaya, vaya... ¡que sorpresa!  Así, no eres  su esposo, por lo tanto, no tienes ningún derecho sobre ella.
-¡Déjala!- volvió a  gritar Hadi-.
-¡Haz lo que te he ordenado, maldito moro infiel -gritó furioso Iñigo-, si no quieres que te degüelle aquí mismo!
 Girándose, asió a Mathilda fuertemente por el brazo,  empujándola hacia la puerta de la casa. Hadi se abalanzó contra Iñigo como una fiera acorralada pero el barbudo capitán, ducho y curtido en la lucha, le esquivó. Cuando Hadi volvió contra él ya  tenía desenvainado  el puñal. Pero la ira había cegado a Hadi y cuando consiguió  aferrarse al cuello  de Iñigo, este le asestó una certera  puñalada.
Hadi, herido de muerte, se aferró al cuello del capitán con todas sus fuerzas,  apretando, en un intento desesperado de acabar con la vida de aquel desalmado, pero era su vida la que se diluía, apagándose lentamente, su fuerza se licuaba por el reguero de sangre que del pecho le brotaba. Dos soldados acudieron en ayuda de Iñigo, cogiendo a Hadi de los hombros, lo separaron sin gran esfuerzo. El cuerpo de Hadi, laxo, ya no ofrecía ninguna resistencia.  Lo tiraron salvajemente al suelo y su cuerpo desmadejado, allí quedó sobre unos geranios aplastados, inerte.
Mathilda sujetada por el cuello por otro de los soldados, lloraba  gritando desesperada el nombre de su amado. Sometida fácilmente, por la fuerza y la brutalidad de aquellos energúmenos, la empujaron dentro de la casa. Desde la misma puerta, el capitán, dio órdenes a los soldados.
¡Preparad  un buen fuego! ¡Sacrificad los corderos necesarios para saciar nuestra hambre! Vamos a necesitar fuerzas, la noche es larga y esta bella mujer nos la hará más llevadera.
¡No os preocupéis! ¡Habrá para todos!
Los soldados festejaron con risas las consignas de su capitán.
La noche, asomaba negra como la muerte. Solo por el oeste se divisaba una tenue franja de luz sonrosada, apagándose lentamente. Aun así, se oían los alegres trinos de los pájaros y el viento ululaba tristemente. 

Bueno, aquí os dejo el material para que podáis disfrutar un poco de ello. Mañana os informaré de cómo podéis conseguir la novela. 
Un beso, un abrazo y un mordisco.  

2 comentarios:

  1. Me ha gustado este capítulo. Hace tiempo que tengo ganas de leer esta novela. Espero que la disfrutes.
    Besos

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    Respuestas
    1. Gracias Marga!!!
      Lo haré en cuanto me llegué el ejemplar.
      un abrazo

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